De repente el calor intenso deja su lugar al frío. Hay que abrigarse con algo y prepararse para las desventuras físicas que puede producir la altitud. Estamos llegando a la Laguna Brava.
Detenemos la camioneta a cincuenta metros de ese espejo que aprisiona el cielo y sus nubes, a todas las cimas que rodean esta porción de agua en las alturas de La Rioja. En media hora trataremos de captar todo lo que aquí hay de mágico, la naturaleza que se ofrece en estado puro.
A la orilla del agua el piso se pone blando y parecemos hundirnos, ese juego de saltar produciendo ondulaciones en el piso nos hace agitar, los cuatro mil metros de altura nos avisan que aquí el derrochar energías se paga con dolores de cabeza, náuseas, cansancio. Una llama nos mira curiosa desde quince pasos de distancia, no huye ni se asusta, es poca gente la que llega a este solitario paraíso, por eso convivimos con la fauna sin ser una amenaza. Las cámaras se disparan y encarcelan a los flamencos que caminan por la laguna, tranquilos, esperando que se acabe su tiempo de estar aquí y emigren a otras regiones, después que llegue abril.
El puñado de hombres que somos se amucha junto a las dos camionetas, algunos buscan otro abrigo más, el viento frío hunde su filo en la piel. Al otro lado de la laguna un piso blanco refleja los rayos solares, es un salar que comparte el extenso territorio con las aguas. Todo esto se helará en invierno.
Descansamos un rato. Algunos miran los flamencos, otros le siguen el tranco a las llamas, y están quienes se pierden más allá de las nieves del cerro Veladero. Yo busco la dirección que lleva a Chile, preguntó por qué el paso está clausurado hace tiempo y por qué los chilenos no muestran interés en acondicionarlo. La respuesta es el comercio y sus garras, la competencia de la exportación argentina y chilena. No es bueno que haya contacto entre los pueblos argentinos cordilleranos y el pacífico. Basta con Mendoza.
Para llegar a la Laguna Brava hay que atravesar el pueblo de San José de Vinchina, que es lo último, más o menos importante, que hay en el camino.
Vinchina es un pueblo pequeño que vive de lo que pueda darle el turismo y la agricultura, más lo segundo que lo primero. Tiene todo lo que necesita un pueblo y la tranquilidad que solo la soledad brinda de manera inquebrantable. El transporte es un micro que sale y llega una vez por día, para traer provisiones y gente, lugareños y mochileros.
Luego de atravesar de punta a punta la avenida Carlos Saúl Ménem, se deja en el pasado a Vinchina y se empieza a subir al futuro rumbo a la cordillera. Todo un tramo de ripio es el preámbulo a la oficina donde uno debe registrarse como visitante, ya que el sitio donde está la Laguna es una reserva provincial cuidada con mucho celo. De hecho solo guías autorizados pueden llegar hasta ella, y esto tiene que ver con que hubo dos personas muertas en los últimos años por subir sin asistencia ni asesoramiento sobre las características del trayecto. Además el camino solo le da su venia a vehículos de cuádruple tracción.
En el puesto donde cobran la entrada a la reserva está levantado un modesto refugió de piedra y maderas. Es como una cueva que puede sostener en pie la voluntad de quien se quedara en este lugar pasadas las horas del atardecer.
Las curvas y contra curvas por entre macizos peñascos de múltiples colores se presentan unas tras otras; el río Colorado va entre la ruta nacional 76 y las Sierras del Peñón, nosotros somos la 76 yendo como intrusos a lenta marcha, sigilosos, como si no quisiésemos ahuyentar la colonia de llamas que comen hierba en el valle reseco. Sí, en cambio, ponemos en fuga a un zorro que al vernos disparar las cámaras emprende una veloz huida hacia arriba del cerro.
Atrás quedaron Villa Castelli, San José de Vinchina, y el Alto Jague, que es un asentamiento de cuatro casas que solo existe para darle amparo a los custodios de la reserva. De acá en más solo hay paisajes imponentes y el ripio como cuña invasora.
La Laguna Brava es una maravilla para los ojos. Y una trinchera de la naturaleza ante la avanzada de la codicia humana.