Imagina un lugar donde nadie esté pidiendo monedas a la salida de un bar. Imagina un lugar donde nadie esté abriendo bolsas de basura, como si fueran regalos de navidad, al pie de un árbol, en una calle atestada de gente que va y viene. Imagina un sitio donde al llegar el invierno haya algo más que un puñado de chapas para aguantar los vientos helados. Piensa en un espacio donde nadie, pero nadie, tenga que preocuparse por la salud de sus hijos, donde conseguir un médico no sea una posibilidad de algunos pocos. Imagina un lugar donde la educación no falte, para nadie. Un lugar donde la esperanza de vida se alargue y la mortalidad infantil se achique, y el hambre sea una cosa del diccionario, y la pobreza un mal de otro tiempo, lejano, distante.
¿Qué darías por un lugar así? ¿Qué vale un lugar así? ¿Aceptarías un control férreo sobre tus actos y tus pensamientos, sobre tus pareceres y tus análisis de cuanto te rodea?
Quizá tu respuesta esté sujeta a lo que tenés en este lugar en que vivís, que tiene poco y nada que ver con aquel que te invité a imaginar.
Para muchos la elección se reduce a otear las cartas y ver qué chances hay de pasarla bien.
No hay ideología, hay cálculo.
viernes, 28 de agosto de 2009
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