Si uno va por la avenida La Plata y presta la suficiente atención verá que al cruzar la avenida Cobo con dirección Caballito, o la calle Zelarrayán si se dirige hacia Pompeya, hay un pasaje que desemboca en una plaza muy pequeña, la cual se ve como muy lejana a la vista del viajante. Casi como que apenas se distingue su fisonomía, y uno cree que se trata de una plaza. Es más una intuición que una certeza.
No es solamente por estas dos calles que se puede llegar a esta curiosa plaza, también tiene dos entradas más en su otro extremo. Dos entradas que comparten con sus primas de enfrente su angostura, y lo que es más preciado, su enigmático misterio. Su tenebrosa leyenda.
Antes de caer en la descripción del mito que aquí les traigo ubiquémonos geográficamente en el espacio físico que lo origina: La plaza Butteler. La placita Butteler, como la llaman cariñosamente sus vecinos, está entre las calles Zelarrayán y Senillosa y las avenidas La Plata y Cobo, en la medianera entre los barrios Boedo y Parque Chacabuco. Aunque si se desea ser estricto hay que ubicarla en Parque Chacabuco.
Su entrada se hace a través de cuatro pasajes que la abordan por cada una de sus esquinas y que llevan el mismo nombre: Butteler. Nombre que a su vez se hace extensivo a la plaza. Una quinta calle la rodea de manera prolija y siendo también estrecha solo permite el tránsito de un vehículo por vez y no muy grande.
En ella todo es insignificante. Su dimensión apenas permite catalogarla de plaza, está más próxima a ser una pobre plazoleta. La desolación es su cuadro reinante, unos pocos y aburridos juegos infantiles la cuidan de la nada; desposeída de césped, tan solo muestra unos canteros de tierra sin vegetación alguna. Casi sin árboles es puro cemento. Las tardes de cielo celeste y despejado el sol castiga a quien en ella se encuentre, como un desierto de arena gris, abrasador, agobiante. Hay que decir que pocos la visitan con regularidad, sus vecinos, que la aprecian, suelen ser sus únicos ocupantes. Van por las tardes, cuando va cayendo Febo, a sentarse en sus bancos con algún mate, para estar con ella como quien vela al costado de un enfermo Terminal. Nadie llega desde otros barrios cercanos, quienes viven a algunas cuadras ya la tienen por lejana e indiferente. No existe un paseante ocasional que la elija para consumir su tiempo de descanso. Quizá algún linyera, un vagabundo rotoso, entre por su esquina y la circunde silenciosamente, guardando para sí su profunda conmiseración por esa miserable imagen, casi superior a la propia.
Ningún día parece ser un lindo día en la placita Butteler. Por las noches sus contados faroles la convierten en un lucero a la mirada de quienes pasan por Cobo, distante a millones de años luz de sus vidas en la gran urbe.
Así se erige este ignoto paraje de la ciudad de Buenos Aires.
Yo la conozco porque he soñado con ella. Despierto he soñado, con los ojos bien abiertos. Porque he ido hasta ella. Años mirándola desde la ventanilla del colectivo 112, con irresistible curiosidad, con cierta admiración por su peculiar trazado y existencia.
Un día llegó que bajé sin importarme nada de nada. La recorrí. Observé sus minutos y me dio su tiempo infinito. Un viejo que fumaba su pipa sentado en un banco me reveló su misión y su razón de ser, el porqué de su triste ajuar. Me habló de encumbrados ecos desde la condena indeseada, la del tormento de Belial. Me dijo que ella era la sala de espera hacia azote eterno. El espacio donde aguardaban las almas sin redención el camino al dolor inextinguible, a la casa del Gran Rival. Me susurró: “La última parada antes del infierno, pibe”.
Según una leyenda no se trata del averno propiamente sino de un espacio para aguardar el castigo infernal. Como un entrepiso entre la vida y las tinieblas, un lugar donde quienes ya han sido condenados esperan ser llamados por el Señor de la Oscuridad. Estos seres son fantasmas que caminan alrededor de la plaza, o simplemente yacen sentados en sus bancos. Algunos van y vienen por los estrechos pasajes pero sin la posibilidad de cruzar las avenidas La Plata y Cobo, ni la calle Zelarrayán tampoco. Allí, en los bordes, se topan con los cuatro porteros espectrales de la plaza, quienes tienen en su poder la lista con los nombres de los aguardadores. No es posible evadir a Zagah, ni a Bafomet, ni a Belfegor, ni a Adramelech: los cuatro guardianes de la Butteler.
El viejo mencionó que durante el día es posible ver las almas de los desdichados, pero luego, pasadas las veintitrés, se desvanecen y solo queda el viento que transporta sus murmullos y lamentaciones. También me dijo que siempre se encuentra presente entre los juegos infantiles la figura de Bael: el gran pendenciero del infierno. Diablo menor que recorre el lugar reclutando devotos y que ofrece a cambio la inmunidad en el tormento por venir. A un precio que el anciano no quiso decirme. Dijo no saber exactamente la hora pero sí que en algún momento entre la medianoche y poco antes del amanecer, el Señor de la Oscuridad envía a un bufón de su corte llamado Anamalech, el cual tiene por encargo conducir a los condenados en la hora de su descenso final.
Me fui de la plaza y no volví más. Desde el colectivo vi durante el resto del verano al viejo, sentado en su banco y fumando su pipa, después ya no lo hallé más. Se puede suponer que ahora elige otros lugares para echar su humo, o que ya no sale de su casa en las tardes frías de invierno. También pienso que estaba chiflado y engatusó curiosos hasta que lo internaron por el resto de su vida. La cuarta conjetura no la voy a mencionar por pura superstición.
Esta es la leyenda de la plaza Butteler. No muy propagada por sus escasos conocedores ni muy tenida en cuenta por los vecinos del lugar, quienes no ven en su plaza nada extraordinario, más que un espacio público para ir al atardecer a tomar unos mates mientras cae el sol del arrabal.
martes, 4 de agosto de 2009
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