miércoles, 12 de agosto de 2009

CIENTO CINCUENTA Y SEIS

El torrente es de color variable, la marea no tiene flujo y reflujo. La vida de sus aguas es eterna, sublime. No es que no haya un color, hay todos los colores que se pueda querer. Que alguien como usted pueda desear. Yo sé cómo es alguien como usted, lector. Lo he visto en mil imágenes, en mil sonidos, en mil actos, en mil canciones, en igual cantidad de libros y obras de teatro.
No hay una sola iglesia, hay miles, más bien millones. Tantas como fieles. En cada actitud hay un templo, y ellas son las mismas que sirven para negociar con el Señor almidonado algo que tengamos en mente.
No hay descanso en el río que miro desde mi silla de madera, a través de una ventana limpia que da al abismo de las aguas. Todo fluye, y corre, y se agita, y envuelve cada cosa, cada ser, cada alma que persiste en su tarea idiota de estar, de ser, porque sí. El odio avanza arrasando los muelles que un amor torpe se empeña en erigir; la tristeza siempre aparece, en algún recodo sucio y medio oscuro; la risa está demente, se afianza en hombres y mujeres que no tienen mucho para reir.
El miércoles es un día magnífico para jugar a la cámara Gesell en el bar. Ver a los locos sueltos y decididos, creyendo estar siguiendo juiciosos designios. Todo es un fraude de los dos rivales, que tienen todo el negocio acordado y repartidos los dividendos.
No hay opciones. Ni siquiera existen situaciones en las cuales elegir (yo no escojo éstas líneas, aunque me jure que sí). El suicidio es un engaño, no libera.
El cordero se acuesta en Broadway. Cree que lo van a proteger. Lo van a sacrificar en su propio nombre: es una ofrenda a sí mismo.

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