Los actos definen a la gente, no los objetos.
Esto que parece una obviedad es algo que la mayoría de los pendejos que se piensan ideológicamente activos, no logran entender. No creo que sea tanto por no querer como por no estar ni enterados de ciertas cosas.
Ya son como un millón de remeras con la cara del Che. Las veo en todos lados; a la vuelta de cualquier esquina, dentro de cualquier bar, en la tribuna de fútbol de casi todos los equipos argentinos.
Nadie sabe mucho de la vida de Ernesto Guevara. Lo que sí saben es el mito, la leyenda que la mismísima burguesía moderna y apabullante construyó para beneficio propio. Esa que lo convierte en héroe de una revolución, en maestro de la guerrilla justiciera, de la búsqueda del ideal del hombre libre y autodeterminado.
Inofensivas salvas en 2009. Un circo de colores y piruetas, sin nada que amenace seriamente el orden de cosas capitalista, indecente escarnio de los pobres y desprotegidos por un sistema que se alimenta, precisamente, de esos fantasmas corpóreos de los tiempos que corren.
Y siguen sucediéndose las imágenes de la barba y el habano, y, claro, las mismas frases del Comandante del Movimiento 26 de Julio. Todo robado por los enemigos del hombre que el piberío venera, pero lo hace de forma vacía, sin contenido, como a un totem, fetiche de la palabrería de moda.
No hay que ponerse remeras con la cara de Guevara. No hay que hablar de una revolución lejana y con solo ecos en el día de hoy. Hay que hacer. Actitud Che Guevara sería la consigna.
A la puerta de un espacio abierto para dar conciertos de bandas de música, un borracho se cayó, ebrio en extremo, en mitad de la calle. Los colectivos y coches le pasaban raspando, y a nadie le importaba demasiado, incluso había cierto placer morboso en calcular el aplastamiento del linyera perdido. Decenas de rostros del Che Guevara miraban, desde tantas remeras, el episodio. Inmutables adoradores de un martir de la acción blasfemaban la vida y el sentir del prócer cubano. Uno que no tenía ninguna insignia del ilustre rosarino, cruzó la Niceto Vega y arrastró, como pudo, el cuerpo inerte hasta el cordón de la vereda. Todo ante la mirada de asco y repulsión de los revolucionarios de jugandito.
El atrevido que desafió la mirada sojuzgadora del entorno, se limpió las manos del hediento resabio del contacto, y volvió a apoyarse contra la pared negra de la esquina concurrida.
La mejor ofrenda que el líder de Santa Clara podía esperar. Actitud, acción, piedad por los desválidos, solidaridad por los expuestos a los poderosos, no remeras, ni anillos, ni tatuajes.
Aquella noche de sábado, el aparato capitalista, burgués, fetiche, y aglutinante de pareceres y posturas, hizo una mueca de desconfianza. Un estertor que le dibujaba una alarma en el plan universal. Mínimo, vano, pero delicioso de verlo con dientes apretados.
domingo, 30 de agosto de 2009
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1 comentario:
Juro que yo no era el borracho que se dio de bruces contra el asfalto; Siempre hay un Piojo que me salva.
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