No sabemos que estamos en la vida hasta que la perra pálida y furtiva viene a secuestrar a alguien que nos importa y nos duele. Sin precio de rescate.
Muerte es una palabra antes de aquello. Una imagen en alguna parte, que muestra un sufrimiento lejano. Una estadística de la sociedad. Un cuento idiota de algún escritor idiota. Mil eufemismos dichos por muchos que no tienen bajas en el corazón, asuntos, siempre, de otros.
La muerte es de todos y de ninguno. Hasta que pasa el umbral de nuestro mundo cotidiano, intocable, invencible, de cristal. Y ahí empieza a entenderse de qué va eso de vivir.
Hay que dejar el dolor atrás, se sabe. O adentro, sepultado debajo de un millón de recuerdos gratos. El trabajo más arduo y más impostergable. Yo creo que ahí es cuando el hombre deja de ser niño y se hace adulto; cuando derrota a la muerte de los que más ama.
La Muerte entró en mi casa y se llevó a Pilarica. Ahora sé que se vienen los tiempos de las batallas contra mi anterior infancia.
domingo, 27 de diciembre de 2009
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