domingo, 18 de julio de 2010

DOSCIENTOS NOVENTA

Qué pena tiene este infierno helado que se esparce por todos los rincones del país. Llevando más dolor y más sufrimiento a muchos que solo saben vivir en el centro del dolor y del sufrimiento, sin posibilidades de salir de su sufrida existencia, ni espacios donde simular una realidad diferente. Al menos un rato.
No debiera hacer frío donde no hay otra cosa que heladas, todo el año, toda la vida. Las manos agarrotadas, el pelo escarchado, el viento penetrando por las hendijas de las casas agujereadas, sin resistencia más que los propios cuerpos. El abrigo que nunca alcanza. El agua que se calienta lento y se congela rápido. La piel que duele, azulada, rígida, como de otra persona al tacto. Los pies que quedan más lejanos que del piso al pensamiento. Y no dejan avanzar.
El humo de los alientos tiene mensajes que los burócratas de las ciudades no quieren comprender, y que los intelectuales de la modernidad se niegan a exhibir. Porque instan a tomar partido en una lucha que es contracultural y a muerte: la de lo humano del ser contra el sistema que lo vuelve indiferente al dolor ajeno.
El termómetro marca unos cero grados que no reparten sus penurias en idénticas cantidades.
El peor frío no es el que nos invade desde las tierras lejanas del sur, sino el que vive en las actitudes de una sociedad egoista y maniatada por su propia insensibilidad.

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