
Es muy común escuchar hablar de dos etapas (una tercera no tiene estatura temporal para así llamarla) bien diferenciadas en la vida de Génesis. La inicial que va desde su fundación hasta la salida del primer vocalista Peter Gabriel; y la que tuvo el inesperado liderazgo del baterista devenido en portador de un carisma sorprendente: Phil Collins.
Aquellos primeros pasos están indudablemente imbuidos por el espíritu progresivo (ya había comenzado el repliegue del rock and roll en clave Beatles, melodía de radio, chicas gritando), sinfónico y contestatario que dominaba en ambos lados del océano atlántico norte. Desde su creación misma por los jóvenes Mike Rutherford y Anthony Banks no hubo discrepancias sobre las formas y el estilo que se iba a tomar. Cosa que tampoco ocurrió cuando el nuevo baterista Phil Collins reemplazó al primigenio John Mayhew.
Todavía se sentían los ecos del mayo francés y la resistencia a Vietnam, y el arte era una puerta abierta por donde se escabullían todos los deseos de rebelarse a puro grito. La música, la pintura, las artes plásticas, el teatro de los suburbios, todas expresiones convertidas en pancartas ideológicas de jóvenes entusiasmados. Las balas de la paz. Que Peter Gabriel se vistiera con atuendos alusivos y escenificara las presentaciones en vivo del grupo no era una moda, era la forma de sentir la música, y había nacido en medio del deterioro de la comunicación de las sociedades con quienes detentaban el poder en ellas.
Ya a mitad de los setenta el mundo se alejaba del bienestar post guerra mundial, y los ímpetus revolucionarios se iban durmiendo a la par que se rasuraban las barbas largas y se deshilachaban las carteras hippies. Empiezan los virajes y las inconexiones entre los integrantes de las bandas y los grupos artísticos; llegan las rupturas, las peleas, los alejamientos. Y Génesis va a integrar la lista de conjuntos en disonancia interna.
Peter Gabriel se va. El grupo va a empezar su mutación (¿meditada, casual o causal?) hacia las formas que serán típicas en la década del ochenta: canciones breves, ritmos pegadizos, y la instauración rígida del estribillo como género endógeno de la canción. Una transición lenta pero firme y con manifestación visible claramente en los siguientes discos.
Cuando todos creyeron que venía la inevitable desintegración de la banda, se produjo la muestra majestuosa del poder creador de los integrantes hasta allí al fondo de los reconocimientos.
Lo dicho. Una era Gabriel y otra Collins. En el medio una transición de cinco discos: dos con espíritu viejo (A trick of the tail y Wind and Wuthering), dos con espíritu nuevo (Duke y Abacab), y un híbrido (And then there were three). Acá me voy a referir al disco que es la explicación de por qué Génesis nunca estuvo en peligro de extinción. Y cuyo título pareciera resumir los momentos de incertidumbre que vivió la banda bíblica. Wind and Wuthering. La máxima inspiración musical (seis de los nueve cortes tienen su firma) de quien es el genio creador detrás de toda la vida del grupo. De punta a punta de la historia. El Brian Wilson de Génesis. Anthony Banks.
El comienzo es en torno al misterio de una intro instrumental de minuto cincuenta. Luego el otro inicio, el de la acción musical más soberbia. “El sol ha salido hace un par de horas, cubrió el terreno con una capa dorada. Estábamos animados y había parado la lluvia, la despensa estaba casi vacía, pero eso no era todo”. No lo era en el undécimo conde mar (eleventh earl of mar). La calma sigue con un solo de cuerdas que acompaña al promediar la canción, mientras Phil Collins entona dulcemente la historia. Luego, otra vez el vértigo se apodera de la melodía, rapidez y mucho ritmo: “¡Papi lo prometiste!”.
El final es un aullido que propone Banks hasta el silencio dominador.
One for the wine (Uno para la viña) es la banda de sonido de una superproducción de época. Épica. Majestuosa. Todo bajo las teclas de Anthony que guían la trama musical. Y el vocalista que, casi, susurra la letra. “Cincuenta mil hombres fueron enviados para cumplir el deseo de uno. Su alegato fue expresado de forma muy simple aunque nunca lo dijo en voz alta. Yo soy él, el Elegido”. Este pasaje que parece haber sido escrito para alegoría de Peter o de Phil, se adapta mejor a la figura genial de Tony Banks.
De vuelta el susurro antes del estallido. Van cuatro minutos de sinfonía.
La explosión que encara el impasse es a puro juego de dedos en el conjunto de rectángulos blancos y negros. Da paso a la quietud de la dulce voz de Collins que narra con suavidad la historia. Y el tramo final. Puro talento creativo del tecladista, hasta los acordes últimos. Como un descenso en el más sereno remanso. Despacio, de a poco, una luz que se apaga en degrade.
Tu manera especial (Your own special way) es una de las baladas del disco. Casi romántica. Sencilla combinación de prolija instrumentación e interpretación planificada. De tan cuidada hasta parecer sin pasión. Es el momento del cuadro sentimental en la superproducción pensada en Uno para la viña.
Final de este espacio de acercamiento a las futuras placas del grupo.
¿Wot Gorila? El primer signo instrumental del disco. Talla Anthony Banks en toda su dimensión de compositor casi de cámara. Pieza casi toda de lo que proponen sus manos delgadas. Breve pero intensa, audaz.
En el quinto single nace una historia fantástica y firme, una escena tras otra, un personaje tras otro, sus palabras y sus explicaciones. De lo más vilmente cotidiano (unos amantes, un ratón, un gato, una casa, como una imagen retratada de una vida) surge una metáfora de la lucha, de la piedad, de la ambición, de la esperanza, de la muerte. Y Todo en una noche de ratones (All in a Mouse’s night). Pieza con coros. Coros que aparecen como soporte menos vital que lo que se viene en los cortes siguientes del disco. Después de los cinco minutos de canción, de trama fantástica, todo es de Tony y su genio. Él da principio y fin.
Llega la otra balada. Pero ya no sentimental, sino como el momento de evocación y añoranza de aquel héroe de One for Wine . En Blood on the rooftops (Sangre en el tejado) el clima vertiginoso decae por obligación, pero lo hace como estrategia de contrapeso musical. “Olvidemos las noticias por hoy (haré algo de té). Sangre en el tejado, (mucho para mí)”. Eso, olvidemos, proponen Mike y Phil, la voracidad creativa de Banks por cinco minutos de calma perfecta.
Ahora llega un preludio sensacional de tormenta instrumental. Los sueños inquietos para los durmientes (Unquiet slumber for the Sleepers) es la concepción ideal de Hackett y Rutherford de lo que debe ser la metáfora musical de un lago quieto, calmo, a la espera de la tormenta. Nada que envidiar a una filarmónica.
Tony Banks hace explotar el silencio en In that quiet earth. En esa quieta tierra es donde deposita su virtuosa ferocidad compositiva. Con una hiperkinética manipulación de los trastos por parte del baterista vocalista. Hacia falta esto, parece gritar la canción. Muevan sus manos, hagan de las mesas un tambor con sus dedos movedizos, vibren. Dróguense sin droga.
Y con el efecto de ese ácido lisérgico imaginario y espiritual reciban el final del recorrido. Abracen el Resplandor (Afterglow) más conmovedor. Cierren los ojos y que el éxtasis llene el aire que lo rodea. La luz apagada para poder ver ese brillo que cubre la última genialidad del tecladista de Génesis. Los coros le agregan magia, espiritualidad, la presencia del abrazo de los sentidos desbordados de placer. Solo hay que sentir la música en el ambiente. La elevación es total. “Te entrego mi alma. El significado de todo lo que creía antes se me ha perdido, en este mundo sin nada”. ¿En éste mundo sin nada?
En 1976 Anthony Banks y Génesis nos dieron un disco llamado Wind and Wuthering. ¿Para qué más?


