El pasillo está casi vacío, solo un pordiosero tirado junto a la pared. Con el cuello torcido, babeante, desvanecido, hasta quizá esté muerto. El y yo somos lo último. Y las bestias.
La luz del tubo fluorescente blanco no termina de relampaguear, proyectando rayos de claridad fugaces a los distantes molinetes abandonados. Los papeles no vuelan, no hay viento aquí abajo, no hay ya nada acá. Solo yo y mi andar alucinado. Arriba la noche hace estragos en lo que queda de una ciudad en ruinas; los animales, antes domésticos y dóciles, se han reencontrado con la naturaleza de sus instintos, y sus patitas son asesinas. De todo lo que reste por asesinar en estos tiempos, y de ellos mismos cuando el hambre lo decida salvajemente. Todo vestigio del pasado en cautiverio será un recuerdo difuso e inverosímil.
Pienso en que si un perro entra en la Estación me destrozaría sin problemas. Necesito ir a cerrar la reja que da a la avenida que nunca duerme, pero tengo miedo de enamorarme de la fe de la luna muerta que busca sobre los escombros, y querer salir a buscar gente viva. Decido no ir y que la suerte sentencie si vienen o no mis mascotas hambrientas.
Me siento al lado del hombre hediento y abrazo mis piernas, juntándolas contra mi pecho. Hace unos días que perdí todo miedo, me dejé convencer por la razón, que me dicta lo que debo ir haciendo para ver cuánto puedo durar.
El olor a orina de mi compañero ya no me molesta en absoluto, y tampoco me atormenta el silencio. No deseo que diga algo el hombre, no me agobia escuchar solo los aullidos lejanos de las desesperadas hienas. Después de todo ellas están tan abandonadas como yo en este mundo del tiempo después, tienen tanto derecho como yo a gritar su furia. Aunque yo ya no lo hago.
La luz indecisa se inclina por la noche, y muere. La oscuridad está ahora sobre este pedazo de pasillo. Para adelante, hacia la combinación que lleva a la otra línea, se ve una claridad firme, alumbrando los carteles publicitarios, las flores secas del puesto, la escalera que se hunde más abajo todavía. En la otra dirección, que me regresa a las vías muertas, ya no hay visión posible. Pero de allí nada puede venir, pienso. Da igual.
Cierro los ojos y escucho una respiración que no es la mía. Es el hombre que lucha por una vida que ya no tiene hace muchísimo tiempo. Abro los ojos y trato de ver qué hace, cómo pelea, qué intenta; apenas puede mover levemente la cabeza doblada sobre el zócalo, sin levantar una mano, sin una inclinación de una pierna siquiera. Pongo la mano sobre su pecho húmedo y tiene una vida que pende de un hilo. Una hiena, con mostrarle los dientes ya lo mataría. Incluso si yo dejo de pensar en él como un ser viviente dejará de respirar. Tal vez debiera hacerlo. Sé que nos necesitamos: en unas horas uno será alimento del otro. Puedo dejar hacer a la muerte o ahorrarle tiempo. Como sea debiera esconderlo en un lugar seguro, donde no llegue el olfato recuperado de los perros acechantes.
Me olvido unos momentos de la situación y me pierdo mirando fijamente la pared oscurecida. Persiste la respiración de fondo, y yo medito cuánto tardaré en volverme un asesino; no, no es esa la palabra. Un animal que busca comida en donde sea, como hace miles de años he sido.
Los ruidos de las salvajes pisadas apuradas me sacan de mis pensamientos. Tapan los gemidos de mi compañero y saben dónde tienen que ir. Me subo al techo de un puesto de llaves al paso y me petrifico, tratando de no ser descubierto. Las hienas llegan y devoran a mi presa, que apenas se queja en unos segundos de agonía sumisa. La voracidad de los dientes no conoce de pausas, se disputan la carne cinco supervivientes de la superficie. Ante mi silencio y mi desilusión se quedan con mi comida, nada dejarán para mí.
El tubo renace y me presenta a los restos del vagabundo. Poca sangre en el suelo, ropa desgarrada y huesos amarillentos es lo que veo desde mi guarida elevada. Al menos las hienas se fueron sin percatarse de mi presencia. Ahora deberé bajar a las vías muertas y caminar hasta la estación siguiente, puede que haya algo en alguna vieja máquina expendedora en la Terminal. Tal vez otra gente. Y siempre las mascotas de la superficie dispuestas a bajar por mí.
sábado, 14 de noviembre de 2009
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1 comentario:
Toda una experiencia para vos, viajar en subte...
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