domingo, 29 de noviembre de 2009

CIENTO SETENTA Y OCHO

El cementerio de Cachi domina el pueblo. Está en el monte que se ve desde cualquier punto del poblado; desde abajo se muestra como una acrópolis griega, una construcción enteramente blanca que se alarga unos treinta metros, aunque desde abajo tan solo puede verse la mitad.
El camino hacia el lugar santo es a través de un sendero de tierra y piedra, más piedras a mayor altura. Hay que seguir derecho de la plaza y doblar en la calle De los Ríos. Allí derecho se cruza un puente por el que pasa un solo vehículo por vez, ahí comienza el ascenso. No es empinado, va subiendo de a poco el kilómetro de distancia hasta llegar a la cima, desde donde se observa todo el pueblo de Cachi, algún pueblo aledaño, y el cordón montañoso, incluyendo el único pico que está nevado. El Cachi nevado según los lugareños.
Al llegar arriba del camino pedregoso se sale a una gran explanada también de piedra apisonada. Ahora sí se puede apreciar y medir el largo frente edilicio del cementerio; es como un cabildo pero sin su torre central para oradores. Tiene ocho o nueve arcadas (me olvidé en verdad la cantidad) que simétricamente dan resguardo a una galería de dos metros de profundidad. Desde donde estoy parado puedo ver la reja de entrada entreabierta, una de sus pestañas, y más allá cruces, lápidas y algunos nichos.
Me quedo contemplando el pueblo en el absoluto silencio del valle extenso, de espaldas a las arcadas blancas. Luego de un rato me volteo y entro por la abertura, haciendo sonar la bisagra de la reja. Ese único ruido se desplaza por entre las montañas y los pastos crecidos. El cementerio está un poco descuidado, concluyo que podría estar mejor. Camino hasta el fondo, unos treinta metros, y aprecio las montañas y sus picos.
Cuando estoy volviendo escucho un tintineo metálico leve, un sonido que solo se escucha en ese lugar. Es una campana pequeña (igual a la que tenía mi escuela primaria, allá en Lanús) que cuelga de una madera cruzada en la última arcada hacia la izquierda. El viento, cuando es fuerte, apenas hace chocar la bolita metálica que golpea la campana, y en ese momento se levanta un viento fuerte. Me tapo los ojos del polvo del suelo que se hace remolinos y miro la campana; no puedo resistir la tentación, y la toco.
¿Empezar a hablar del cementerio de Cachi es una manera de empezar por el final, no?

La niebla que dejé en Buenos Aires llegó a Salta. A las siete de la mañana salimos con la empresa de micros Marcos Rueda a la ruta 68, apenas se puede ver treinta metros delante. El colectivo se empieza a llenar hasta agotar la capacidad de asientos, los pasajeros suben igual aunque deban ir parados; el trabajo espera allá en la alta montaña y al pie de los ríos secos, en los pueblos calchaquíes. Hay maestros de escuela, artesanos, vendedores ambulantes, campesinos: la mayoría bajará antes de Cachi.
Para cuando doblamos en la ruta provincial 33 la niebla es menos espesa y comienza a disiparse. Yo, que había entablado conversación con un lugareño de Cachi, me levanto para dar mi asiento a una señora muy mayor. Arrugada, cansada, pero con varias bolsas que lleva a su puesto de trabajo en el parador Aguas Negras.
Por suerte para mí la niebla se disipa totalmente. Justo a tiempo para ver la Quebrada de Escoipe; allí comienza la parte del viaje que saca suspiros de admiración. Quedaron atrás los tabacales que no vi por estar ocultos en la niebla.
Estos valles son la parte de atrás de la ruta a Cafayate, completan el circuito calchaquí que tantos llegan para recorrer año tras año. El corredor Salta-Cafayate-Angastaco-Molinos-Cachi-Salta. Con los agregados del dique Cabra Corral y el ascenso hasta San Antonio de los Cobres (ese es el trayecto del clausurado Tren de las Nubes).
Son distintos los valles hacia Cachi. Menos rojizos, más verdes, por momentos más altas las cumbres. La Cuesta del Obispo lleva el serpenteante camino a 3348mts. sobre el nivel del mar; un camino de ripio en su mayor parte, tan solo con algún pedazo de un mejorado muy desmejorado. Por eso el viaje es largo, casi cuatro horas de ir a velocidades inferiores a los ochenta kilómetros por hora, cuidando no desbarrancarse en las curvas sin pared de contención, tocando bocina antes de llegar, dejando pasar primero al que viene de frente, mientras se aguarda en el costado. Porque no pasan dos colectivos al mismo tiempo en algunos puntos. De vez en vez frenando hasta velocidad de peatón para badear un arroyo que, insolentemente, cruza el camino con buena correntada. Viene de lo alto de la montaña y debe tener temperatura bajo cero. En una curva pronunciada disminuimos la velocidad hasta detenernos por completo; miró por qué y entiendo. Hay que cruzar el río que corre por el medio del valle, entre los gigantes. El puente es de madera y pasa un vehículo por vez. Además el chofer debe acertar a las huellas de madera donde deben ir cada rueda. Lo pasamos escuchando cómo crujen los maderos y se golpean unos a otros.
Un cartel enorme hecho de troncos bien barnizados anuncia que entramos en el Parque Nacional Los Cardones. Pasando el Valle Encantado no es necesario el cartel, los campos se ven desbordados de cardones enormes, de más de dos metros y medio de altura. Hay como una comunidad de estos espinados verdes que parecen saludarnos cuando pasamos, dada su natural conformación se asemejan a personas levantando su mano o las dos. Hola, dicen cientos de cardones.
Luego de subir sin pausa se llega a unas colinas por las que se avanza en línea recta. Tractores, aplanadoras y camiones trabajan en el mantenimiento del camino, que en este tramo parece una gran avenida de ripio, ya que tiene cuatro carriles. Igual muy rápido no es aconsejable ir, el polvo se cuela por cualquier hendija del vehículo. Los hombres trabajando saludan a nuestro chofer con la mano en alto, y los camiones con un juego de luces. Nosotros seguimos viaje por entre campos de tierra seca, a la que le crecen pequeños yuyos feos, triangulares, y distantes dos metros entre sí. La alambrada nunca cesa de recordarnos la era en que vivimos, sube y baja a la par de los montes, se sumerge en arroyos, jamás se da por vencida. Así lo manda su dueño.

Cuando bajo del cementerio una nube de polvo me cubre por completo, el viento le ayuda a convertirme en un fantasma con gorra roja, un pombero de lentes y camiseta.
De regreso en el pueblo recorro el sitio a paso lento y bajo el tibio sol del otoño salteño. Callejas prolijas con casas de material al estilo del periodo español, con rejas, puertas de madera, y veredas angostas y altas. Una especie de La Boca pero sin riachuelo.
La plaza es una manzana y reúne lo mejor del pueblo: la oficina de turismo, las dos casas de comida, los artesanos, el honorable consejo deliberante, un monasterio antiguo, un museo arqueológico, una telecabina, el banco Macro (está en todos los pueblos, chiquito o grande siempre hay uno).
Cachi no tiene terminal de ómnibus, de hecho la empresa Marcos Rueda es la única que llega. Sus micros se detienen en la calle frente a la oficina de la compañía; allí salen también para Salta y para el pueblo de Molinos, cincuenta kilómetros hacia el sur por la ruta nacional 40.
Hay un detalle que se escapó a mi previsión o a mi falta de ella más bien. No hay micros de vuelta a la ciudad de Salta en el día de hoy; los servicios salen a las siete de la mañana de la capital y llegan a las once y media a Cachi. El retorno es al otro día a las nueve de la mañana. Por lo que el regreso será en remís compartido, cosa que me mantiene intranquilo un rato, ya que el único turno que quedó es a las 18:30hs. A las 19 será de noche y estaremos en precipicios negros y fríos.
Me relajo y disfruto sin pensar en la vuelta.
Entro en el Comedor del Sol. Voy al baño y me lavo las manos y los lentes, la polvareda del monte me dejó gris y casi sin visión. Cuando vuelvo miro la carta y pido un lomo a la frontera (lomo, dos huevos fritos, papas fritas, y cebolla y otras verduras). Le pregunto a la camarera del lugar cuándo se toca la campana que está colgada en el cementerio, me dice que cuando se realiza el entierro de un poblador, en el último adiós. Me descubro irrespetuoso y profanador. Igual, nadie sabe quién fue el que la hizo vibrar en todo el valle, por la mañana.
Escribo mientras espero el almuerzo. Como. Vuelvo a escribir. Suena Folklore. Afuera, la marcha peronista, a todo volumen, inunda el pueblo con justicialismo y proselitismo rudimentario. Es época de campaña, claro. Lo alarmante es la poca necesidad de ser creativo para conseguir un voto: un comité abierto, gente sonriendo, la marcha a todo trapo, y la foto del candidato con cara de salvador. Por lo menos no estaba colgada la del General montado en su corcel blanco.
Esto es Cachi. Humilde lugar después de soberbio trayecto.
En un equipo de audio portátil con CD suena cumbia, un chico de unos doce años es el disck jockey encargado de entretener el patio del colegio. Los chicos de las salitas rosa y celeste acatan las órdenes del profesor de gimnasia, juegan en dos colchonetas en las cuales se tiran de mil maneras. Las maestras van y vienen preparando todos los detalles para el honor a la bandera. Es 20 de junio, el original, no el homenaje corrido para ser feriado turístico.
La escuela Victorino de la Plaza (de quién habrá sido la idea de poner ese nombre con tan poco que ver en un pueblo de montaña) está embanderada de pe a pa, las paredes de sus galerías están repletas de los trabajos manuales de los alumnos, alusivos a Belgrano y su gesta. El resto lo cubren las obras de las maestras. En el patio, en medio del cuadrado que forman las cuatro galerías, hay guirnaldas, papeles celestes y blancos, y una mesita. Se acerca la hora de la merienda. Veo pasar una pava tamaño familiar, una cacerola extra large, y abundante pan. Las cosas son transportadas por los alumnos de los grados superiores, que desempeñan a su vez una suerte de auxiliares de los docentes. Como si fueran los hermanos mayores del alumnado. En cierta forma lo son en un pueblo de dos mil habitantes.
Termina la clase-juego de educación física. Uno de esos auxiliares ayuda al profesor a guardar las colchonetas. Me sonríen y saludan cuando me ven parado, observando la rutina del colegio. Todos me saludan: chicos, maestras, mujeres de limpieza, y el Director del colegio, que me pregunta desde dónde los estoy visitando. Las puertas del colegio estaban abiertas y entré sin preguntas de nadie, soy un ajeno que presencia la vida de la escuela en una fecha patria. Nadie está pensando en pedirme que me retire.
Luego de un rato me voy caminando despacio. No creo que los días sean distintos al de hoy en la escuela de Cachi. Un comedor escolar, una guardería, un albergue por una horas, una sala de espera para esperadores de algo. En definitiva, mucho más que una escuela de pueblo adentro.
Cruzo la plaza y entro al museo arqueológico Pío Pablo Díaz. No sé si el lugar estará como lo soñó quien le da su nombre, pero a mi me sorprende la instalación cuidada, sus salas señalizadas en dos idiomas y aclimatadas a las exigencias de sus piezas, su material contenido. Puede ser que porque esperaba mucho menos, eso es algo que suele pasar en lugares distantes, medio olvidados por la gran ciudad.
Hay herramientas de agricultura y ganadería, armas de guerra, vasijas, adornos y collares incaicos. Vuelve la referencia.
Compro un bono contribución y salgo a tomar el último sol que queda. También tomo un helado, de los últimos gustos que quedan también. Camino por el pueblo. Va acercándose la hora de irme de Cachi.

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