sábado, 7 de noviembre de 2009

CIENTO SETENTA Y TRES

El chavón churro y el Señor E convergen en este mediodía de octubre, en minutos cercanos, y en distintas posturas, y diferentes escenarios. Cada cual haciendo lo que su razón de ser le dicta de manera inquebrantable. En la vereda y en el subsuelo; con gestos ampulosos y estampa de sabelotodo, y con timbre de voz decidido, enérgico, infame. El juego de siempre para uno, y la liviandad absoluta para el otro.
Apoyado sobre su moto, el chavón churro despliega todo su arsenal de confianza en sí mismo, de palabrería insensata, de vida al margen de la realidad. No habla conmigo, lo hace con otro compañero de laburo, y le cuenta algo de todo lo que está haciendo. Nada de nada. Subsistir de manera inescrupulosa, viviendo de los ingresos de la anciana madre, y siempre rumiando ideas fabulosas y sin futuro cierto. Un caño y otro, y otro, y nada que justifique su existencia. Pasando la vida sin un movimiento. Solo pensamiento, desvarío de la piedra eterna.
Casi a la misma hora el Señor E se avino a su actuación de costumbre: gritos de descontento, ofuscación impostada, reproche sobre razones débiles con ausencia de fundamentos. Todo una perorata que tiene por finalidad que sus empleados más esforzados no osen asomar la cabeza del hoyo subterráneo; que la existencia les siga pasando por hacer lo máximo sin pedir lo mínimo, sin un reclamo ni una queja, ni un amague de reclamación.
Se trata de amedrentar para cercionar toda voluntad de acción. Mostrar los dientes mucho antes de asumir la pelea como un hecho consumado y sin retorno.
El encargado que escucha las críticas con cara de disculpas que no debiera pedir. Y que ni siquiera trasladará a sus subalternos sudados y enajenados entre las 8 y las 18. Sabe que no puede hacerlo, que recibiría un aluvión de insultos si derramara sobre ellos la fantochada del Señor E. Traga saliva y empieza a digerir la bronca, y con ello se gana el salario de perro más limpio entre la jauría roída. Se acomoda la estrella de David que porta en el brazo y que lo convierte en guardián del guetto, velador de los vejámenes de E. Piojo resucitado, entregador de la dignidad ajena.
El chavón churro se sube a su moto y justo cuando paso por la vereda de enfrente, me saluda desde su sitial de fantasía. Rey de su reino imaginado.
El Señor E no me dirige la palabra nunca. Es peligroso, lo sabe. Solo me mira sombrío, al pasar, como si yo solo fuera un obstáculo físico en su contexto de amo y señor; queriéndome intimidar el ánimo, el pensamiento y la actitud. No puede. Yo lo miro, como siempre que se cruzan nuestros instantes. Le digo "Buenas tardes", amablemente, educadamente, irrespetuosamente. Y gano la única batalla que tal vez esté a mi alcance ganar.

1 comentario:

Obelisco Enforrado dijo...

Como diría el filósofo y pensador moderno, Mariano Q., que de churros también la sabe larga: ¡¡¡Paro y movilización!!!.