lunes, 30 de noviembre de 2009

CIENTO SETENTA Y NUEVE

Trescientos metros metidos abajo del cerro Tomolasta la señal del teléfono móvil se desintegra. No hace falta comprobarlo iluminando la pantalla, el cerro es un gigante de dos mil cuarenta metros y yo estoy a tres cuadras de la entrada del yacimiento minero de La Carolina.
Tomás me narra la historia de los buscadores de oro de La Carolina, el pueblo que fundó hace más de dos siglos el virrey Sobremonte.
Todo comenzó a fines del siglo dieciocho con los españoles, siguió con alemanes e ingleses hasta el 1900. Terminó hace cincuenta años con la última de las siete concesiones que explotó la mina de oro del pueblo. Ésta fue la que le dio el postrero nombre y el que pervivió hasta hoy: Mina Buena Esperanza.
Mi guía personal Tomás (le pagué cuarenta pesos para que me abriera la mina), me vistió de minero y me internó en ese corredor profundo y oscuro que tuvo su gloria y tristeza, que fue hogar de la fiebre del metal dorado durante más de cien años, hasta su secado y abandono absoluto por inservible. Lo que queda: un túnel extenso de trescientos metros, dos bifurcaciones de veinte y cincuenta metros, y un tercer tramo de cuatrocientos metros al que se le hundió el techo y jamás pudo volver a ser visitado. Y el carro original de extracción del preciado oro, estacionado en la puerta, solo él rozado por la luz solar, y como un vestigio pobre y miserable de un pasado de actividad intensa y orgullosa.
Caminamos hacia el interior chapoteando en el agua rojiza que sale de una vertiente natural al final del estrecho pasillo. Tiene ese color por el óxido de hierro que la colorea y la hace impotable. Las botas me van bien y el casco apenas ilumina medio metro delante de mí. Tomás me muestra el camino con una poderosa linterna ya de estos tiempos. Paramos cada tanto para ver los lugares donde se arrancaba el oro del útero del Tomolasta, y para descubrir las estalactitas en las paredes. A ciento cincuenta metros viene el primer cruce de pasillos, una encrucijada verdaderamente de película de aventuras y suspenso. Tomamos de uno por vez.
Hacia la izquierda el túnel termina a veinte metros, justo debajo de la excavación vertical que sirve de respiradero. Tomás me aclara que el oxígeno no falta jamás, ya que el circuito de pasillos tiene varias salidas y entradas de aire como chimeneas.
En la bifurcación a la derecha podemos ir hasta cincuenta metros, justo hasta donde, hace ciento treinta años, quedaron sepultados cuarenta y cinco hombres, al derrumbarse este tramo del túnel.
Tomo fotos y escucho las explicaciones técnicas del guía sabelotodo. Sé que no las recordaré todas, ni algunas siquiera.
No puede dejar de asombrarse el que entre a la mina de oro de La Carolina La Buena Esperanza. También sorprende enterarse que hasta algunos años atrás, en las aguas que se escapaban de la mina y bajaban como riachos por la margen del pueblo, muchos hombres encontraban modestas cantidades de oro, con la cual llevaban una vida de subsistencia. Pero vivían al fin de su búsqueda.
El pueblo de La Carolina está a 83 kilómetros de San Luís capital. En medio de las sierras centrales conforma un lugar de mucha paz y tranquilidad. Llegar hasta él es un paseo formidable, en cierta forma recuerda al trayecto salteño a Cafayate. La ruta provincial 9 va haciendo un slalom entre cerros y montañas; a veces gira todo a un costado para esquivar a un coloso verde y marrón, luego dobla para el otro lado para sortear a un hermano de aquel. En ocasiones, si se mira atrás, se descubre el camino dejado abajo como una línea gris que no se decide a mantenerse recta.
El valle de Pancarta es el resultado de esas cadenas serranas amontonadas, y está entre El Trapiche y La Carolina, pero antes de ésta última.
Filósofo, poeta y patriota de nuestro país. Nació en La Carolina en 1797. Su casa natal fue integrada al primer Museo de la Poesía, en el que se reflejan su obra y espíritu revolucionario. Contiene una biblioteca con manuscritos originales y libros de poetas de San Luís y el país. La localidad recibió sus restos en agosto del 2007, repatriados desde Chile donde había muerto.
Hablamos de Juan Crisóstomo Lafinur, el hombre ilustre de La Carolina. Su hijo predilecto. A cada paso hay una referencia a él, las que colocaron sus habitantes, porque lo estiman en su genio y figura, y las que puso Adolfo Rodríguez Saa para congraciarse con posibles votantes.
Almuerzo en el restaurante El Tomolasta. Le tomo una fotografía a una familia de mendocinos que están terminando su comida y escribo en mi cuaderno naranja Gloria las notas del día de ayer, aquellas del regreso en camión desde Las Quijadas. En la tele con sistema satelital juegan Nadal y Kiefer un partido por Wimbledom. Pido al mozo cambiar de canal y miro el descenso de Nueva Chicago y la alegría de los mil rayitas.
Pago y me voy a caminar por el pueblo bicentenario.
Ando por calles de tierra que se aburren ante casas de piedra humilde. Los dos hostales del lugar están cerrados, la escuela 214 descansa del griterío que albergará cada día, en este día sábado. Veo a esos mismos pibes, serán todos o casi todos los del pueblo, jugar y correr por los caminos montañosos, se persiguen con palos y ramas de árboles, gritan y saltan. No sé a qué juegan, no son los juegos que yo jugaba. Pero también horadan el silencio de la tarde como lo hacía yo en mi niñez al sol.

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