lunes, 30 de noviembre de 2009

CIENTO OCHENTA Y UNO

A unos cincuenta metros el convoy parece avistarme llegando por el norte, ahí sí comienza la esperada renuncia a permanecer varadas en la calle. Algunas vacas se alejan del camino a paso lento, casi como calculando el tiempo que tardaré en llegar al lugar donde se encuentran; otras, sobre todo los terneros, huyen al trote, como corriendo a pedir ayuda. Saltan el pequeño alambre que separa la vegetación intocable por ley del parque, siempre mirándome con recelo, con respeto, y, entiendo que con temor. A la distancia prudente que su instinto les marcó me ven llegar al sitio antes ocupado por ellas; yo empiezo a sonreír porque comprendo que soy predador superior, y en ese caso un sujeto temible, agresor en potencia, y a fin de cuentas, y razón no les falta, un extranjero de su hábitat natural: este paraje árido y colorado que es un extenso semi desierto al circuito serrano que separa San Luís de San Juan. Ellas siempre están por acá, yo vine hoy por vez primera.
Acomodo mi bolso sobre mi cadera derecha, me levanto la campera atada a la cintura que se me está cayendo, y ya llego al punto de conflicto. En una muestra sencilla y casi ridícula de camaradería y comprensión, me voy corriendo hacia la margen opuesta a donde se escabulleron los animales dueños del lugar, como para mostrar intención de pasar solamente, sin ofensas ni malas acciones. Desde una veintena de metros, la tropa me mira seriamente, atentamente, y ahora curiosamente; no parecen tener miedo, no se alejan más. Mi sonrisa se transforma en risa para luego ser carcajada. Levanto la mano en la más inhóspita soledad y saludo a la vacada.
La carcajada se vuelve ahogo repentino. El ruido no es de vehículos ni es de temblores orogénicos. Es de una robusta vaca que sale mugiendo a voz del infierno desde los matorrales aledaños. Yo dudo un segundo, dos, trato de entender la realidad de lo que está pasando. Al tercero las dudas se fueron lejos de mí, me sacaron como quince metros de ventaja; el animal corre en mi dirección con grandes vozarrones de la naturaleza de su comunicación, me grita podría decir, y se me viene encima sin pausa y con prisa. El susto me invade, empiezo a correr a todo lo que puedo mientras miro hacia atrás, la madre de los terneros no se detiene, sigue rauda y veloz en mi búsqueda. La vaca, que es considerablemente más grande que todas cuanto estuvieran en el camino, me ataca con decisión, sigue mugiendo como tronando insultos de Ser enojado en extremo, sospecho que es la madre de todos los otros, sospecho que lo que dice en su esperanto vacuno y gutural es “¡No te metas con los pibes!”. Y me corre, no para. Yo cuento, al cálculo de boca de jarro, unos treinta metros de persecución concreta y sin intenciones de abandono. Durante unos segundos clavo mi vista en el horizonte y pienso en correr hasta Chile, me recuerdo a Canessa cruzando Los Andes con terquedad y sabiduría; luego volteo la vista y descubro que la vaquillona enfurecida y protectora desistió la corrida, y retorna a su lugar junto a sus hijos e hijas; me detengo y miro a la distancia, ella me mira parada en mitad del ripio rojo y marrón, desafiante, amenazante. Los terneros y las demás van saliendo de la vera del camino y se unen a la portentosa.
Continuo caminando, lo hago de espaldas al futuro, verificando mi seguridad. Los latidos ya se fueron normalizando, la calma ha vuelto.
A como doscientos metros del episodio entre curioso y vergonzoso caigo a la realidad inverosímil: una vaca puntana me acaba de correr treinta metros, o por lo menos veinte. Todo ha pasado un viernes 27 de junio del 2008 de nuestro Señor, en el árido, solitario, y espectacular Parque Nacional Las Quijadas.
Caminando, con solo el sol como testigo de mi travesía en la San Luís agreste e invernal, sacando fotos, meditando sobre el tiempo que tomará ir y volver a pie, escapando de vacas salvajes, lamentando no haber traído agua, imaginando el paso de algún coche que me lleve de regreso a la ruta. Así llega el mediodía del 27 de junio del 2008.
Adelante, ahora estimo que a unos dos kilómetros, empieza una serie de curvas y contra curvas que hacen al viajero penetrar en la cadena montañosa de Las Quijadas.
No se me ocurrió mejor forma de comenzar este pasaje de mi relato de viaje, perteneciente al segmento que se podría llamar “La visita de un obstinado a Las Quijadas”. La verdad es que no sé a cuánta gente le pasa una cosa así, y juro que yo no hice nada que ameritase lo sucedido.

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