Yo precisaba otro bar, otro disparo, otra forma de liquidar mi buen momento de hace unos días, de los últimos tiempos. No ésta pulcritud de rigidez y coraje, ésta corte infame del bienestar perdurable. Sonrisas en los vidrios me acechan amenazantemente.
¿Por qué nunca se puede caer libremente en la tristeza que tanto ennoblece al pobre perro, silenciado por un brutal rebencazo? Déjenme escuchar el encogimiento de mi alegría en silencio.
El golpe es más duro de lo que creí. Pero el error, mío una vez más, es construir templos de humo para adorar dioses fraudulentos. Como pretender poner las esperanzas de todo el porvenir en una gota de agua, recostada sobre el asfalto de un mediodía cualquiera, de un enero indistinto.
Otra vez la ardua misión de buscarme entre los pedazos de mí mismo que se esparcen derrotados. ¿Quién es ese sujeto que logra enderezar el bote rumbo a la caída del río? ¿Por qué no pude estar siempre al mando de los remos? Viene de no sé dónde y, altaneramente, hace lo que hay que hacer, y pega el grito que siempre amedrenta lo que tenga enfrente. Incluso yo mismo.
jueves, 5 de noviembre de 2009
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