Es un misterio cómo llegan en cada tarde, y quizá lo sea aún más por qué lo hacen. Pero vienen cotidianamente, meticulósamente, se sientan en cualquier mesa que tenga cosas para contar. Y las cuentan, se las cuentan.
Unos whiskys comparten los diálogos, y miran por la ventana del bar cómo se va el día rumbo a las sombras de la noche. Eduardo estrangula el suyo y lo hace vomitar en su garganta irrefrenable; de a ratos regresa a sacarle esa sangre color madera que el vaso atesora a medio llenar. Los demás escuchan. Asienten. Invaden las historias del forence para consultar algo, para avisar que merecen decir algo que los deje grabados en el relato, de tanto en tanto. El profesor asiente, atiende la interrupción, y luego sigue caminando por su narración, marcando el camino donde ir, la solución que su pensamiento lúcido propone ante lo que la mesa requiere.
Humberto es una mole de paciencia y serenidad, una estampa de luchador de catch, que oculta un peleador pero de la vida y sus villanos predilectos: los años, las frustraciones, los problemas, los laberintos del azar esquivo. Viene a esta tarde como quien va al remanso, para detener un poco la contienda, unas horas. Y yo sé que seguirá de pie hasta el final. Si hubiese sido la piedra movediza de Tandil jamás se hubiese caído.
Mi amigo más añejo es un placebo para quien lo escuche. Mordaz, irónico, desafiante, provocador. En un rato destroza cualquier bajón del ánimo, y lo lleva para arriba a patadas en el traste. A frases hilarantes, a reflexiones de predicador del buena cara. Siempre llega después que los demás, o al menos suele pasar cuando yo escojo ir a revivir mi día al Vía Verona, justo cuando se va yendo la rutina de la ciudad de Lanus.
Así están. Momentos tras momentos, relatos tras relatos, risa contra risa. ¿Para qué vienen todos los días?, se preguntarán los habitantes del bar: sus sillas, sus mesas, sus vasos, los ruidos, los aromas, el murmullo de la isla vecina, Ellas. Vienen porque acá está una forma de entender la vida, llegan porque aquí se explica uno de los sentidos de todo este barullo que dura cien años. El atardecer en el Verona es el tiempo que es revancha ante lo turbio, lo triste, lo ruín.
Ellos son los custodios de ese atardecer vengador. Somos.
Por eso vienen.
Por eso venimos.
lunes, 10 de octubre de 2011
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