Lo recuerdo como una fiesta, algo que me hacía sentir en comunión con un montón de gente, que estaba contenta por algo que yo del todo bien no entendía. El viento, que me pegaba en la cara escapada por la ventanilla, me daba una euforia especial; todos esos saludos en las veredas y en las puertas, el puño en alto, la mano alzada que decía ¡adelante! Un retorno a la democracia que para mí se resumía en mucha gente feliz, cientos de banderas flameando (una en mi mano), y otros tantos colectivos escolares, surcando la noche capitalina de retorno al conurbano.
Esa frase, que con los años venideros se convertiría en un eco de cada tribuna, era para mí una realidad tangible: "La fiesta de la democracia". ¿Pero qué era la fiesta de la democracia para un chico de nueve años? Poder decidir en una elección democrática los destinos del país. Así lo había memorizado en escuchas de las conversaciones de mayores; así se lo escuchaba repetir a hombres y mujeres en comites de partido; de eso hablaba ese hombre flaco y alto, casi pelado, al que todos llamaban Patricio. El compañero Patricio. Mi compañero Patricio, como me gustaba jactarme ante las risotadas de los adultos.
Justamente en los hombros de ese líder, que siempre se mostraba amigable y dispuesto a decirme algo sin la palmadita en la cabeza (nadie más le hablaría a un pibe de nueve años, sentado frente a ese tablón con caballetes, tomando la leche con una hoz y un martillo en la pared, como guardaespaldas firmes y atildados), desde esa torre humana me mostró la historia uno de sus hitos imborrables. Una hoguera que ardía de revancha y desafío, y que no sabía aún cuánto iba a tardar en extinguirse; como esa realidad, que de tan sumergida que había estado, parecía nueva en esos primeros ochentas, todavía dolorosos ochentas.
"El compañero Herminio sabe cómo motivar al pueblo", decían los muchachos que le daban a los bombos. Y yo, que desde el techo de la multitud volaba en un aire cargado de festividad y desahogo, buscaba encajar en aquellas imágenes otras más extrañas. Como la de mi viejo anunciando peligros y calamidades en el comedor de mi casa. Sin importarle que yo abriera los ojos y mirara a mi madre, pidiendo una explicación, una confirmación, una refutación. Que, por cierto, no llegaba.
Lo recuerdo como una fiesta. Eso era para muchos y muchas. Por qué se veía así lo entendí en ese libro rojo que gritaba nunca más, varios años después de la noche de Iglesias y su cajón.
lunes, 10 de octubre de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario