¿Qué me mirás? Decí algo, defendete. ¿O esta vez no tenés ningún artilugio sofístico para persuadirme de que tenés la razón? ¿Qué me vas a decir?
Yo te voy a decir dos cosas. Sos un soberbio que nunca da el brazo a torcer, que siempre cree que lo que dice es la verdad. Nada se te puede cuestionar, tu palabra es lo único que escuchás, lo único que te importa. Siempre querés y creés tener la razón. ¡Dale haber, hablá!
-Es cierto. Tenés razón. Lo acepto.
sábado, 15 de agosto de 2009
miércoles, 12 de agosto de 2009
CIENTO CINCUENTA Y SIETE
Hasta aquí sé perfectamente que todos los lectores de estos escritos (o lo que sean) creerán que yo soy un tipo desequilibrado, o cuanto menos, extraño. Suele pasar.
Yo les digo dos cosas: lean algo de Platón, quizá su famosa alegoría de la caverna.
La segunda: yo salí de la caverna, abandoné sus sombras, entendí la verdad de la milanesa. Pero le hice un corte de manga al Griego y al antro de las sensibilidades no vuelvo más.
Deserté a la misión.
¿No será mucho?
Yo les digo dos cosas: lean algo de Platón, quizá su famosa alegoría de la caverna.
La segunda: yo salí de la caverna, abandoné sus sombras, entendí la verdad de la milanesa. Pero le hice un corte de manga al Griego y al antro de las sensibilidades no vuelvo más.
Deserté a la misión.
¿No será mucho?
CIENTO CINCUENTA Y SEIS
El torrente es de color variable, la marea no tiene flujo y reflujo. La vida de sus aguas es eterna, sublime. No es que no haya un color, hay todos los colores que se pueda querer. Que alguien como usted pueda desear. Yo sé cómo es alguien como usted, lector. Lo he visto en mil imágenes, en mil sonidos, en mil actos, en mil canciones, en igual cantidad de libros y obras de teatro.
No hay una sola iglesia, hay miles, más bien millones. Tantas como fieles. En cada actitud hay un templo, y ellas son las mismas que sirven para negociar con el Señor almidonado algo que tengamos en mente.
No hay descanso en el río que miro desde mi silla de madera, a través de una ventana limpia que da al abismo de las aguas. Todo fluye, y corre, y se agita, y envuelve cada cosa, cada ser, cada alma que persiste en su tarea idiota de estar, de ser, porque sí. El odio avanza arrasando los muelles que un amor torpe se empeña en erigir; la tristeza siempre aparece, en algún recodo sucio y medio oscuro; la risa está demente, se afianza en hombres y mujeres que no tienen mucho para reir.
El miércoles es un día magnífico para jugar a la cámara Gesell en el bar. Ver a los locos sueltos y decididos, creyendo estar siguiendo juiciosos designios. Todo es un fraude de los dos rivales, que tienen todo el negocio acordado y repartidos los dividendos.
No hay opciones. Ni siquiera existen situaciones en las cuales elegir (yo no escojo éstas líneas, aunque me jure que sí). El suicidio es un engaño, no libera.
El cordero se acuesta en Broadway. Cree que lo van a proteger. Lo van a sacrificar en su propio nombre: es una ofrenda a sí mismo.
No hay una sola iglesia, hay miles, más bien millones. Tantas como fieles. En cada actitud hay un templo, y ellas son las mismas que sirven para negociar con el Señor almidonado algo que tengamos en mente.
No hay descanso en el río que miro desde mi silla de madera, a través de una ventana limpia que da al abismo de las aguas. Todo fluye, y corre, y se agita, y envuelve cada cosa, cada ser, cada alma que persiste en su tarea idiota de estar, de ser, porque sí. El odio avanza arrasando los muelles que un amor torpe se empeña en erigir; la tristeza siempre aparece, en algún recodo sucio y medio oscuro; la risa está demente, se afianza en hombres y mujeres que no tienen mucho para reir.
El miércoles es un día magnífico para jugar a la cámara Gesell en el bar. Ver a los locos sueltos y decididos, creyendo estar siguiendo juiciosos designios. Todo es un fraude de los dos rivales, que tienen todo el negocio acordado y repartidos los dividendos.
No hay opciones. Ni siquiera existen situaciones en las cuales elegir (yo no escojo éstas líneas, aunque me jure que sí). El suicidio es un engaño, no libera.
El cordero se acuesta en Broadway. Cree que lo van a proteger. Lo van a sacrificar en su propio nombre: es una ofrenda a sí mismo.
domingo, 9 de agosto de 2009
CIENTO CINCUENTA Y CINCO
Se arregló el calefón. Tibias aguas viajan por tuberías frías pero llegan cálidas a mi piel agradecida.
martes, 4 de agosto de 2009
CIENTO CINCUENTA Y CUATRO
Si uno va por la avenida La Plata y presta la suficiente atención verá que al cruzar la avenida Cobo con dirección Caballito, o la calle Zelarrayán si se dirige hacia Pompeya, hay un pasaje que desemboca en una plaza muy pequeña, la cual se ve como muy lejana a la vista del viajante. Casi como que apenas se distingue su fisonomía, y uno cree que se trata de una plaza. Es más una intuición que una certeza.
No es solamente por estas dos calles que se puede llegar a esta curiosa plaza, también tiene dos entradas más en su otro extremo. Dos entradas que comparten con sus primas de enfrente su angostura, y lo que es más preciado, su enigmático misterio. Su tenebrosa leyenda.
Antes de caer en la descripción del mito que aquí les traigo ubiquémonos geográficamente en el espacio físico que lo origina: La plaza Butteler. La placita Butteler, como la llaman cariñosamente sus vecinos, está entre las calles Zelarrayán y Senillosa y las avenidas La Plata y Cobo, en la medianera entre los barrios Boedo y Parque Chacabuco. Aunque si se desea ser estricto hay que ubicarla en Parque Chacabuco.
Su entrada se hace a través de cuatro pasajes que la abordan por cada una de sus esquinas y que llevan el mismo nombre: Butteler. Nombre que a su vez se hace extensivo a la plaza. Una quinta calle la rodea de manera prolija y siendo también estrecha solo permite el tránsito de un vehículo por vez y no muy grande.
En ella todo es insignificante. Su dimensión apenas permite catalogarla de plaza, está más próxima a ser una pobre plazoleta. La desolación es su cuadro reinante, unos pocos y aburridos juegos infantiles la cuidan de la nada; desposeída de césped, tan solo muestra unos canteros de tierra sin vegetación alguna. Casi sin árboles es puro cemento. Las tardes de cielo celeste y despejado el sol castiga a quien en ella se encuentre, como un desierto de arena gris, abrasador, agobiante. Hay que decir que pocos la visitan con regularidad, sus vecinos, que la aprecian, suelen ser sus únicos ocupantes. Van por las tardes, cuando va cayendo Febo, a sentarse en sus bancos con algún mate, para estar con ella como quien vela al costado de un enfermo Terminal. Nadie llega desde otros barrios cercanos, quienes viven a algunas cuadras ya la tienen por lejana e indiferente. No existe un paseante ocasional que la elija para consumir su tiempo de descanso. Quizá algún linyera, un vagabundo rotoso, entre por su esquina y la circunde silenciosamente, guardando para sí su profunda conmiseración por esa miserable imagen, casi superior a la propia.
Ningún día parece ser un lindo día en la placita Butteler. Por las noches sus contados faroles la convierten en un lucero a la mirada de quienes pasan por Cobo, distante a millones de años luz de sus vidas en la gran urbe.
Así se erige este ignoto paraje de la ciudad de Buenos Aires.
Yo la conozco porque he soñado con ella. Despierto he soñado, con los ojos bien abiertos. Porque he ido hasta ella. Años mirándola desde la ventanilla del colectivo 112, con irresistible curiosidad, con cierta admiración por su peculiar trazado y existencia.
Un día llegó que bajé sin importarme nada de nada. La recorrí. Observé sus minutos y me dio su tiempo infinito. Un viejo que fumaba su pipa sentado en un banco me reveló su misión y su razón de ser, el porqué de su triste ajuar. Me habló de encumbrados ecos desde la condena indeseada, la del tormento de Belial. Me dijo que ella era la sala de espera hacia azote eterno. El espacio donde aguardaban las almas sin redención el camino al dolor inextinguible, a la casa del Gran Rival. Me susurró: “La última parada antes del infierno, pibe”.
Según una leyenda no se trata del averno propiamente sino de un espacio para aguardar el castigo infernal. Como un entrepiso entre la vida y las tinieblas, un lugar donde quienes ya han sido condenados esperan ser llamados por el Señor de la Oscuridad. Estos seres son fantasmas que caminan alrededor de la plaza, o simplemente yacen sentados en sus bancos. Algunos van y vienen por los estrechos pasajes pero sin la posibilidad de cruzar las avenidas La Plata y Cobo, ni la calle Zelarrayán tampoco. Allí, en los bordes, se topan con los cuatro porteros espectrales de la plaza, quienes tienen en su poder la lista con los nombres de los aguardadores. No es posible evadir a Zagah, ni a Bafomet, ni a Belfegor, ni a Adramelech: los cuatro guardianes de la Butteler.
El viejo mencionó que durante el día es posible ver las almas de los desdichados, pero luego, pasadas las veintitrés, se desvanecen y solo queda el viento que transporta sus murmullos y lamentaciones. También me dijo que siempre se encuentra presente entre los juegos infantiles la figura de Bael: el gran pendenciero del infierno. Diablo menor que recorre el lugar reclutando devotos y que ofrece a cambio la inmunidad en el tormento por venir. A un precio que el anciano no quiso decirme. Dijo no saber exactamente la hora pero sí que en algún momento entre la medianoche y poco antes del amanecer, el Señor de la Oscuridad envía a un bufón de su corte llamado Anamalech, el cual tiene por encargo conducir a los condenados en la hora de su descenso final.
Me fui de la plaza y no volví más. Desde el colectivo vi durante el resto del verano al viejo, sentado en su banco y fumando su pipa, después ya no lo hallé más. Se puede suponer que ahora elige otros lugares para echar su humo, o que ya no sale de su casa en las tardes frías de invierno. También pienso que estaba chiflado y engatusó curiosos hasta que lo internaron por el resto de su vida. La cuarta conjetura no la voy a mencionar por pura superstición.
Esta es la leyenda de la plaza Butteler. No muy propagada por sus escasos conocedores ni muy tenida en cuenta por los vecinos del lugar, quienes no ven en su plaza nada extraordinario, más que un espacio público para ir al atardecer a tomar unos mates mientras cae el sol del arrabal.
No es solamente por estas dos calles que se puede llegar a esta curiosa plaza, también tiene dos entradas más en su otro extremo. Dos entradas que comparten con sus primas de enfrente su angostura, y lo que es más preciado, su enigmático misterio. Su tenebrosa leyenda.
Antes de caer en la descripción del mito que aquí les traigo ubiquémonos geográficamente en el espacio físico que lo origina: La plaza Butteler. La placita Butteler, como la llaman cariñosamente sus vecinos, está entre las calles Zelarrayán y Senillosa y las avenidas La Plata y Cobo, en la medianera entre los barrios Boedo y Parque Chacabuco. Aunque si se desea ser estricto hay que ubicarla en Parque Chacabuco.
Su entrada se hace a través de cuatro pasajes que la abordan por cada una de sus esquinas y que llevan el mismo nombre: Butteler. Nombre que a su vez se hace extensivo a la plaza. Una quinta calle la rodea de manera prolija y siendo también estrecha solo permite el tránsito de un vehículo por vez y no muy grande.
En ella todo es insignificante. Su dimensión apenas permite catalogarla de plaza, está más próxima a ser una pobre plazoleta. La desolación es su cuadro reinante, unos pocos y aburridos juegos infantiles la cuidan de la nada; desposeída de césped, tan solo muestra unos canteros de tierra sin vegetación alguna. Casi sin árboles es puro cemento. Las tardes de cielo celeste y despejado el sol castiga a quien en ella se encuentre, como un desierto de arena gris, abrasador, agobiante. Hay que decir que pocos la visitan con regularidad, sus vecinos, que la aprecian, suelen ser sus únicos ocupantes. Van por las tardes, cuando va cayendo Febo, a sentarse en sus bancos con algún mate, para estar con ella como quien vela al costado de un enfermo Terminal. Nadie llega desde otros barrios cercanos, quienes viven a algunas cuadras ya la tienen por lejana e indiferente. No existe un paseante ocasional que la elija para consumir su tiempo de descanso. Quizá algún linyera, un vagabundo rotoso, entre por su esquina y la circunde silenciosamente, guardando para sí su profunda conmiseración por esa miserable imagen, casi superior a la propia.
Ningún día parece ser un lindo día en la placita Butteler. Por las noches sus contados faroles la convierten en un lucero a la mirada de quienes pasan por Cobo, distante a millones de años luz de sus vidas en la gran urbe.
Así se erige este ignoto paraje de la ciudad de Buenos Aires.
Yo la conozco porque he soñado con ella. Despierto he soñado, con los ojos bien abiertos. Porque he ido hasta ella. Años mirándola desde la ventanilla del colectivo 112, con irresistible curiosidad, con cierta admiración por su peculiar trazado y existencia.
Un día llegó que bajé sin importarme nada de nada. La recorrí. Observé sus minutos y me dio su tiempo infinito. Un viejo que fumaba su pipa sentado en un banco me reveló su misión y su razón de ser, el porqué de su triste ajuar. Me habló de encumbrados ecos desde la condena indeseada, la del tormento de Belial. Me dijo que ella era la sala de espera hacia azote eterno. El espacio donde aguardaban las almas sin redención el camino al dolor inextinguible, a la casa del Gran Rival. Me susurró: “La última parada antes del infierno, pibe”.
Según una leyenda no se trata del averno propiamente sino de un espacio para aguardar el castigo infernal. Como un entrepiso entre la vida y las tinieblas, un lugar donde quienes ya han sido condenados esperan ser llamados por el Señor de la Oscuridad. Estos seres son fantasmas que caminan alrededor de la plaza, o simplemente yacen sentados en sus bancos. Algunos van y vienen por los estrechos pasajes pero sin la posibilidad de cruzar las avenidas La Plata y Cobo, ni la calle Zelarrayán tampoco. Allí, en los bordes, se topan con los cuatro porteros espectrales de la plaza, quienes tienen en su poder la lista con los nombres de los aguardadores. No es posible evadir a Zagah, ni a Bafomet, ni a Belfegor, ni a Adramelech: los cuatro guardianes de la Butteler.
El viejo mencionó que durante el día es posible ver las almas de los desdichados, pero luego, pasadas las veintitrés, se desvanecen y solo queda el viento que transporta sus murmullos y lamentaciones. También me dijo que siempre se encuentra presente entre los juegos infantiles la figura de Bael: el gran pendenciero del infierno. Diablo menor que recorre el lugar reclutando devotos y que ofrece a cambio la inmunidad en el tormento por venir. A un precio que el anciano no quiso decirme. Dijo no saber exactamente la hora pero sí que en algún momento entre la medianoche y poco antes del amanecer, el Señor de la Oscuridad envía a un bufón de su corte llamado Anamalech, el cual tiene por encargo conducir a los condenados en la hora de su descenso final.
Me fui de la plaza y no volví más. Desde el colectivo vi durante el resto del verano al viejo, sentado en su banco y fumando su pipa, después ya no lo hallé más. Se puede suponer que ahora elige otros lugares para echar su humo, o que ya no sale de su casa en las tardes frías de invierno. También pienso que estaba chiflado y engatusó curiosos hasta que lo internaron por el resto de su vida. La cuarta conjetura no la voy a mencionar por pura superstición.
Esta es la leyenda de la plaza Butteler. No muy propagada por sus escasos conocedores ni muy tenida en cuenta por los vecinos del lugar, quienes no ven en su plaza nada extraordinario, más que un espacio público para ir al atardecer a tomar unos mates mientras cae el sol del arrabal.
domingo, 2 de agosto de 2009
CIENTO CINCUENTA Y TRES
En pleno invierno, el calefón de mi cocina, que tiene más años que andar a pie, se rompió.
El frío del agua es una navaja que sale de adentro de cada canilla y tajea la piel del insensato que se quiera lavar. Yo ni loco.
Mejor me voy a duchar a la casa de mi hermana, o a la casa de mi vecina, a de algún amigo que me preste agua caliente cayendo desde arriba.
Lo único que acepto en otorgar es mi ano al chorro gélido del bidet. Y juro que es sentirse violado por un pinguino que se asiste con un picahielos; no son más de cinco segundos antes de que el entumecimiento deje paso a un dolor cada vez más agudo. Mi cara en el espejo del lavabo me suplica que desista de mantener mis posaderas impecables. Yo no le hago caso, y a fuerza de lágrimas logro un culo limpio y cristalino.
Espero poder arreglar el calefón antes que mi hermana se canse de levantar mi toalla del suelo; de que mi reflejo se canse de mi negativa; y de que mi ano se canse del picahielo.
El frío del agua es una navaja que sale de adentro de cada canilla y tajea la piel del insensato que se quiera lavar. Yo ni loco.
Mejor me voy a duchar a la casa de mi hermana, o a la casa de mi vecina, a de algún amigo que me preste agua caliente cayendo desde arriba.
Lo único que acepto en otorgar es mi ano al chorro gélido del bidet. Y juro que es sentirse violado por un pinguino que se asiste con un picahielos; no son más de cinco segundos antes de que el entumecimiento deje paso a un dolor cada vez más agudo. Mi cara en el espejo del lavabo me suplica que desista de mantener mis posaderas impecables. Yo no le hago caso, y a fuerza de lágrimas logro un culo limpio y cristalino.
Espero poder arreglar el calefón antes que mi hermana se canse de levantar mi toalla del suelo; de que mi reflejo se canse de mi negativa; y de que mi ano se canse del picahielo.
sábado, 25 de julio de 2009
CIENTO CINCUENTA Y DOS
Es un buen viernes de madrugada. Y yo estoy esperando volver a mi trabajo de tumbero; me corté la mano intentando hacer ganar más dinero al Señor E.
Salió mucha sangre. No esperaba tener tanta a esa hora del día; roja, espesa, desesperada por abandonarme. Yo lo miré a mi encargado, que se esmeraba por salvar mi vida en el depósito, y le avisé que no me ofendía la deserción de mi plasma.
Después vino la guardia del hospital, una linda doctora que no me quiso cocer la herida, el traslado a los matasanos de la aseguradora del trabajo, y un médico que le cerró el boquete de huida a mi sangre traidora.
Me dieron una semana de plazo para recuperarme, luego me sacarán los puntos y me enterrarán de regreso a mi labor de esclavo del Señor E.
En medio queda este viernes a las cuatro de la mañana, la música que acompaña un mate con peperina, y mi verborragia que busca hogar y encuentra un papel, como siempre.
Débora Dixon susurra en mi oído.
Salió mucha sangre. No esperaba tener tanta a esa hora del día; roja, espesa, desesperada por abandonarme. Yo lo miré a mi encargado, que se esmeraba por salvar mi vida en el depósito, y le avisé que no me ofendía la deserción de mi plasma.
Después vino la guardia del hospital, una linda doctora que no me quiso cocer la herida, el traslado a los matasanos de la aseguradora del trabajo, y un médico que le cerró el boquete de huida a mi sangre traidora.
Me dieron una semana de plazo para recuperarme, luego me sacarán los puntos y me enterrarán de regreso a mi labor de esclavo del Señor E.
En medio queda este viernes a las cuatro de la mañana, la música que acompaña un mate con peperina, y mi verborragia que busca hogar y encuentra un papel, como siempre.
Débora Dixon susurra en mi oído.
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