¿Y si realmente puedo ver otras cosas?
¿Y si es verdad que estallan los abismos en mil formas multicolores,
con sabores y aromas de nunca explicar?
Es muy peligroso para mí,
que no sé no enamorarme de mis debilidades.
En una de esas doy con aquellas líneas
que hace millones de años estoy buscando.
martes, 20 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
TRESCIENTOS TREINTA Y NUEVE
Quién diría que un día le clavaría ésta daga a su niñez.
Es el traidor.
Cómo imaginarlo mirando pasar las veredas del sur,
hasta cruzar esa frontera que es el día después de cualquier adiós.
Entre sus ropas sucias de trabajador había una decisión,
allí dormía una deslealtad,
y los años todos.
Se deja las bambalinas del sábado,
los poemas zapados en el final del domingo,
todas las noches en vela por una manía de atrapar lo inexistente.
Hay un silencio en la mirada de su gente
y en las cosas que se amontonan de rabia en su ocio.
Qué despecho empujará el andar del tren rumbo al desierto,
y qué gato buscavidas lo mirará irse desde una medianera cualquiera.
Cuál de todos los perros,
de esta ciudad creciendo entre las ruinas de su pueblo,
trepará a un lomo de burro para ladrarle por última vez.
De quién será la sangre que cubra la brea de las calles
cuando él,
el traidor,
saque su daga y se la lleve tan lejos.
Es el traidor.
Cómo imaginarlo mirando pasar las veredas del sur,
hasta cruzar esa frontera que es el día después de cualquier adiós.
Entre sus ropas sucias de trabajador había una decisión,
allí dormía una deslealtad,
y los años todos.
Se deja las bambalinas del sábado,
los poemas zapados en el final del domingo,
todas las noches en vela por una manía de atrapar lo inexistente.
Hay un silencio en la mirada de su gente
y en las cosas que se amontonan de rabia en su ocio.
Qué despecho empujará el andar del tren rumbo al desierto,
y qué gato buscavidas lo mirará irse desde una medianera cualquiera.
Cuál de todos los perros,
de esta ciudad creciendo entre las ruinas de su pueblo,
trepará a un lomo de burro para ladrarle por última vez.
De quién será la sangre que cubra la brea de las calles
cuando él,
el traidor,
saque su daga y se la lleve tan lejos.
TRESCIENTOS TREINTA Y OCHO
Cuarenta y tres mesas viendo la lluvia caer,
y hay uno que charla con un vaso a medio vivir.
Una televisión sintonizada en el ayer
y una parejita sin amor mirando el mañana por un ventanal sin dolor.
No hay paraguas a las siete de la tarde
en la calle principal de Lanús,
la oscuridad viene a ocultar los charcos del sur,
y el vaso muere y calla,
con la luna que yace en un toldo del color de la ciudad otoñal.
y hay uno que charla con un vaso a medio vivir.
Una televisión sintonizada en el ayer
y una parejita sin amor mirando el mañana por un ventanal sin dolor.
No hay paraguas a las siete de la tarde
en la calle principal de Lanús,
la oscuridad viene a ocultar los charcos del sur,
y el vaso muere y calla,
con la luna que yace en un toldo del color de la ciudad otoñal.
sábado, 3 de marzo de 2012
TRESCIENTOS TREINTA Y SIETE
Todo azul por fuera da la sensación de ser la entrada a un acuario. Pero los dibujos de diversos planetas, los puntitos blancos simulando estrellas milenarias y extintas, los oscuros círculos negros como asteroides o trozos de rocas espaciales, todo ello hace pensar en marcianitos, ya no en pececitos.
La ciudad tiene varios museos pero éste sí que se las trae. Todo eso que describí y que hace su fachada es la entrada al museo del OVNI de Victoria.
Tiene fotografías de periódicos antiguos, con notas sobre apariciones de objetos en el cielo; tiene fragmentos de meteoritos; tiene herramientas utilizadas en diversas misiones al espacio por cosmonautas soviéticos; tiene más fotografías, pero éstas de luces que se mantienen en el aire, sobre diversos puntos de la ciudad. Hay muchas explicaciones de lo qué es eso llamado Fenómeno Ovni, y qué es más precisamente en la historia reciente, y no tanto, de esta localidad entrerriana. También se puede ver un documental en una pantalla situada en un salón contiguo, que narra la experiencia de los pobladores de Victoria con sus frecuentes encuentros con naves, platos, luces, y hasta, rayos incandescentes agresivos.
Bastante información y entretenimiento por escuetos quince pesos de entrada. Además de la discusión disparada entre los visitantes que llegan en grupos y se van imaginando posibilidades de que todo sea cierto, o buscando los detalles que comprueben que todo es mera sugestión, y, claro, negocio y atracción turística. Aunque la existencia de un grupo de investigadores locales del fenómeno Ovni suena como exagerado a los efectos de generar interés para posibles visitantes. Esa gente cree en serio en lo que dice y lo que hace, nadie se organiza tan burocrática y sistemáticamente sin una convicción real, al punto de escribir libros, realizar vigilias interminables en busca del contacto deseado, y viajar a diferentes puntos del país y el exterior para intercambiar experiencias e información.
Veamos cómo es la historia.
A diez kilómetros al sur de la ciudad la estancia La Pepita abrió, el 24 de junio de 1991, el camino hacia la instauración del fenómeno Ovni en la región. Allí, la dueña de la estancia, la señora Goncalves de Basaldúa, junto a su empleada Irma, empezaron a divisar una luz roja que siempre aparecía alrededor de las nueve de la noche, y permanecía flotando en el aire, a pocos metros de la superficie de la Laguna del Pescado. Varios días tuvieron que pasar para que dejaran de lado la curiosidad tímida e incrédula, y se comenzaran a preguntar qué sería esa extraña luz en el agua. Primero habían pensado en vuelos comerciales, ya que no encontraban otra razón lógica que se pudiera utilizar para explicar el evento. Finalmente decidieron llamar a uno de los periodistas más reconocidos de la zona; Ramón Pereyra llegó así, acompañado de su camarógrafo Héctor Frutos, a la zona del suceso.
Uno pudiera esperar que ante la presencia de los nuevos y armados testigos la luz se mostrara tímida, después de todo es lo que suele pasar en estos casos. El episodio siempre queda como una prerrogativa de quienes lo presenciaron en una primera instancia, debiendo convencer con sus palabras y su énfasis a los demás. No fue así. La noche que se encendió la cámara de Frutos, la luz volvió a aparecer pasados cuarenta minutos de las veintiuna, y no solo que hizo su presentación de rutina, sino que esa vez le agregó varias vueltas y movimientos bruscos, para luego salir disparada hacia el oeste, en dirección a la ciudad de Rosario. Y la cámara de video filmó todo.
Un par de días después ATC estaba mostrándole al resto del país los sorprendentes episodios de la Laguna del Pescado. Pero no quedó allí, el cable del canal estatal fue recogido por agencias extranjeras, y así Victoria se convirtió en una celebridad de un día para el otro.
De allí en más todo se mezcló, y como era de esperar un aluvión de visiones, contactos, y presencias, empezó a dominar los diálogos de los vecinos, las charlas en los bares y en la costanera en los atardeceres. Todo el mundo veía ovnis. El asunto se volvió más de prisa que despacio un folklore local que se expandía y tocaba localidades aledañas y agencias de turismo capitalinas. El cerro La Matanza, el lugar más alto de las siete colinas, se hizo guarida de los cazaovnis aficionados, para desgracia de los adolescentes enamorados, que vieron a su villa cariño invadido por estorbadores con binoculares, cámaras de fotos, y hasta termos y mates. Y todo el mundo veía luces extrañas.
Lo que trajo a su vez aparejado el caso de La Laguna fue una multiplicidad de denuncias de visiones de ovnis. Muchos decían que hace años los veían pero temían ser tratados como locos. Y ahora era su momento. Quizá el caso más notorio sea el de Irma Medina de López, vecina de Paraná, que dice que hace años sostiene contacto visual y telepático con bondadosos extraterrestres, que le comunican mensajes de fraternidad cósmica. Todo lo puso en un libro titulado, aparentemente, ya que el investigador del que levanto parte de esta historia, desconoce su nombre verdadero, “Mis contactos con los hermanos del cosmos”.
Los hacedores del museo, además de atiborrarme con noticas mundiales y nacionales de apariciones, me interiorizaron con un par de terminologías propias del mundo de las investigaciones sobre el Fenómeno. Me detengo en el Flap. Porque, según demos veracidad a ciertos criterios “científicos” de análisis de objetos no identificados, puede explicar lo sucedido en Victoria.
Según me explican los ovnis se presentan de forma cíclica y bajo oleadas de aparición. Lo que quiere decir, precisamente, es que hay ciclos de aparición de ovnis. Periodos de dos años y medio luego de los cuales alguna región del planeta será barrida por múltiples presencias de dichos objetos , sin poder definir los investigadores el lugar exacto donde sucederá, pero sí las fechas probables, el momento. Cuando esa oleada, esa masiva manifestación se produce en una región muy específica, como ser un pueblo y ya no toda una provincia o estado, se denomina Flap. De hecho los “ovnílogos” argentinos sabían que entre fines de junio y fines de julio de 1991 se produciría dicho suceso. Así, lo que se inició ese 24 de junio en La Pepita tenia fecha de cierre, independiente de lo que desearan los atrapa turistas y vendedores de excursiones al avistaje de platos voladores.
Acá van algunos de los más notables casos de la manifestación de vida extraterrestre en Victoria.
Entre mayo de 1992 y septiembre de 1993 apareció ganado mutilado. Ovinos, equinos, y bovinos con sus órganos extraídos de forma, diríamos, quirúrgica. Con trabajos cuidados. Lo cual llevó a desdoblarse la explicación entre los que veían cuatreros foráneos, y aquellos que olfateaban sectas satánicas operando en la clandestinidad. La policía local no solo que no encontró ningún sospechoso en cualquiera de los dos casos, sino que varias noches de vigilancia extrema no pudo evitar la aparición, al alba, de nuevas mutilaciones. En sus propias narices diría un detective de novela policial.
El caso Colmán. Otro hito en la historia fantástica de Victoria. El viejo Colmán cuenta haber visto una luz blanca incandescente, que se balanceaba a poco del piso, y que despedía unos rayos hacia su persona, sin lesionarlo gravemente pero quemándolo en varias partes del brazo. A su vez menciona la presencia de figuras transparentes al costado de la luz suspendida. Una vez transcurrido el contacto solo quedaron como evidencia las quemaduras de Colmán, y unas marcas en el pasto que parecían unas herraduras perfectamente dibujadas.
Hasta aquí todo lo que dejó una visita al Museo del Ovni de la ciudad contactada de Victoria. La expresión harto popular es creer o reventar. Yo prefiero creer en los objetos que se exhiben en el otro museo, el de la ciudad y su historia, y reventar las cucarachas que se me cruzan de tanto en tanto, que me preocupan mucho más que las luces blancas saltimbanquis de los montes y las lagunas. Al menos hasta que me cruce alguna.
El pueblo de La Paz no conoce de apariciones ni luces. Lo único deslumbrante, a pocos metros del suelo, es el sol del atardecer, que cerquita de las ocho de la noche se mete a nadar en el Paraná. Para allá voy.
La ciudad tiene varios museos pero éste sí que se las trae. Todo eso que describí y que hace su fachada es la entrada al museo del OVNI de Victoria.
Tiene fotografías de periódicos antiguos, con notas sobre apariciones de objetos en el cielo; tiene fragmentos de meteoritos; tiene herramientas utilizadas en diversas misiones al espacio por cosmonautas soviéticos; tiene más fotografías, pero éstas de luces que se mantienen en el aire, sobre diversos puntos de la ciudad. Hay muchas explicaciones de lo qué es eso llamado Fenómeno Ovni, y qué es más precisamente en la historia reciente, y no tanto, de esta localidad entrerriana. También se puede ver un documental en una pantalla situada en un salón contiguo, que narra la experiencia de los pobladores de Victoria con sus frecuentes encuentros con naves, platos, luces, y hasta, rayos incandescentes agresivos.
Bastante información y entretenimiento por escuetos quince pesos de entrada. Además de la discusión disparada entre los visitantes que llegan en grupos y se van imaginando posibilidades de que todo sea cierto, o buscando los detalles que comprueben que todo es mera sugestión, y, claro, negocio y atracción turística. Aunque la existencia de un grupo de investigadores locales del fenómeno Ovni suena como exagerado a los efectos de generar interés para posibles visitantes. Esa gente cree en serio en lo que dice y lo que hace, nadie se organiza tan burocrática y sistemáticamente sin una convicción real, al punto de escribir libros, realizar vigilias interminables en busca del contacto deseado, y viajar a diferentes puntos del país y el exterior para intercambiar experiencias e información.
Veamos cómo es la historia.
A diez kilómetros al sur de la ciudad la estancia La Pepita abrió, el 24 de junio de 1991, el camino hacia la instauración del fenómeno Ovni en la región. Allí, la dueña de la estancia, la señora Goncalves de Basaldúa, junto a su empleada Irma, empezaron a divisar una luz roja que siempre aparecía alrededor de las nueve de la noche, y permanecía flotando en el aire, a pocos metros de la superficie de la Laguna del Pescado. Varios días tuvieron que pasar para que dejaran de lado la curiosidad tímida e incrédula, y se comenzaran a preguntar qué sería esa extraña luz en el agua. Primero habían pensado en vuelos comerciales, ya que no encontraban otra razón lógica que se pudiera utilizar para explicar el evento. Finalmente decidieron llamar a uno de los periodistas más reconocidos de la zona; Ramón Pereyra llegó así, acompañado de su camarógrafo Héctor Frutos, a la zona del suceso.
Uno pudiera esperar que ante la presencia de los nuevos y armados testigos la luz se mostrara tímida, después de todo es lo que suele pasar en estos casos. El episodio siempre queda como una prerrogativa de quienes lo presenciaron en una primera instancia, debiendo convencer con sus palabras y su énfasis a los demás. No fue así. La noche que se encendió la cámara de Frutos, la luz volvió a aparecer pasados cuarenta minutos de las veintiuna, y no solo que hizo su presentación de rutina, sino que esa vez le agregó varias vueltas y movimientos bruscos, para luego salir disparada hacia el oeste, en dirección a la ciudad de Rosario. Y la cámara de video filmó todo.
Un par de días después ATC estaba mostrándole al resto del país los sorprendentes episodios de la Laguna del Pescado. Pero no quedó allí, el cable del canal estatal fue recogido por agencias extranjeras, y así Victoria se convirtió en una celebridad de un día para el otro.
De allí en más todo se mezcló, y como era de esperar un aluvión de visiones, contactos, y presencias, empezó a dominar los diálogos de los vecinos, las charlas en los bares y en la costanera en los atardeceres. Todo el mundo veía ovnis. El asunto se volvió más de prisa que despacio un folklore local que se expandía y tocaba localidades aledañas y agencias de turismo capitalinas. El cerro La Matanza, el lugar más alto de las siete colinas, se hizo guarida de los cazaovnis aficionados, para desgracia de los adolescentes enamorados, que vieron a su villa cariño invadido por estorbadores con binoculares, cámaras de fotos, y hasta termos y mates. Y todo el mundo veía luces extrañas.
Lo que trajo a su vez aparejado el caso de La Laguna fue una multiplicidad de denuncias de visiones de ovnis. Muchos decían que hace años los veían pero temían ser tratados como locos. Y ahora era su momento. Quizá el caso más notorio sea el de Irma Medina de López, vecina de Paraná, que dice que hace años sostiene contacto visual y telepático con bondadosos extraterrestres, que le comunican mensajes de fraternidad cósmica. Todo lo puso en un libro titulado, aparentemente, ya que el investigador del que levanto parte de esta historia, desconoce su nombre verdadero, “Mis contactos con los hermanos del cosmos”.
Los hacedores del museo, además de atiborrarme con noticas mundiales y nacionales de apariciones, me interiorizaron con un par de terminologías propias del mundo de las investigaciones sobre el Fenómeno. Me detengo en el Flap. Porque, según demos veracidad a ciertos criterios “científicos” de análisis de objetos no identificados, puede explicar lo sucedido en Victoria.
Según me explican los ovnis se presentan de forma cíclica y bajo oleadas de aparición. Lo que quiere decir, precisamente, es que hay ciclos de aparición de ovnis. Periodos de dos años y medio luego de los cuales alguna región del planeta será barrida por múltiples presencias de dichos objetos , sin poder definir los investigadores el lugar exacto donde sucederá, pero sí las fechas probables, el momento. Cuando esa oleada, esa masiva manifestación se produce en una región muy específica, como ser un pueblo y ya no toda una provincia o estado, se denomina Flap. De hecho los “ovnílogos” argentinos sabían que entre fines de junio y fines de julio de 1991 se produciría dicho suceso. Así, lo que se inició ese 24 de junio en La Pepita tenia fecha de cierre, independiente de lo que desearan los atrapa turistas y vendedores de excursiones al avistaje de platos voladores.
Acá van algunos de los más notables casos de la manifestación de vida extraterrestre en Victoria.
Entre mayo de 1992 y septiembre de 1993 apareció ganado mutilado. Ovinos, equinos, y bovinos con sus órganos extraídos de forma, diríamos, quirúrgica. Con trabajos cuidados. Lo cual llevó a desdoblarse la explicación entre los que veían cuatreros foráneos, y aquellos que olfateaban sectas satánicas operando en la clandestinidad. La policía local no solo que no encontró ningún sospechoso en cualquiera de los dos casos, sino que varias noches de vigilancia extrema no pudo evitar la aparición, al alba, de nuevas mutilaciones. En sus propias narices diría un detective de novela policial.
El caso Colmán. Otro hito en la historia fantástica de Victoria. El viejo Colmán cuenta haber visto una luz blanca incandescente, que se balanceaba a poco del piso, y que despedía unos rayos hacia su persona, sin lesionarlo gravemente pero quemándolo en varias partes del brazo. A su vez menciona la presencia de figuras transparentes al costado de la luz suspendida. Una vez transcurrido el contacto solo quedaron como evidencia las quemaduras de Colmán, y unas marcas en el pasto que parecían unas herraduras perfectamente dibujadas.
Hasta aquí todo lo que dejó una visita al Museo del Ovni de la ciudad contactada de Victoria. La expresión harto popular es creer o reventar. Yo prefiero creer en los objetos que se exhiben en el otro museo, el de la ciudad y su historia, y reventar las cucarachas que se me cruzan de tanto en tanto, que me preocupan mucho más que las luces blancas saltimbanquis de los montes y las lagunas. Al menos hasta que me cruce alguna.
El pueblo de La Paz no conoce de apariciones ni luces. Lo único deslumbrante, a pocos metros del suelo, es el sol del atardecer, que cerquita de las ocho de la noche se mete a nadar en el Paraná. Para allá voy.
miércoles, 22 de febrero de 2012
TRESCIENTOS TREINTA Y SEIS
Hay lugares que todavía resisten. Paisanos que se niegan a seguir al rebaño que solo busca el beneficio económico sin más ni más. Entre Victoria y Nogoyá se suceden algunos campos de maizales, maíz y maíz a la vera de la ruta. Histórico maíz, generoso maíz, tolerante maíz, que sabe compartir la tierra con la naturaleza sin exigirle potestad absoluta.
Hay lugares que todavía resisten a la Patria Sojera. Con lo puesto, con lo suyo desde siempre.
Hay lugares que todavía resisten a la Patria Sojera. Con lo puesto, con lo suyo desde siempre.
sábado, 18 de febrero de 2012
TRESCIENTOS TREINTA Y CINCO
La noche de Victoria sabe de fiestas populares, las viene alentando desde años. Fue en el 2005 cuando la gente del Sportivo Victoria tuvo la acertada visión de darle un espacio a los artistas más diversos de la música de nuestro país, abrirle la puerta de la canchita al escenario Chacho Abrego, hombre querido y consagrado de la historia cultural victorience, y permitirle a los vecinos y visitantes reencontrarse con el arte de nuestra música argentina y popular.
La noche de Victoria se viste de fiesta, y las Tres Marías pispean la prueba de sonido de Roxana Carabajal, que ensaya las emociones que le tirará al público. Que va llegando lento, cargado del calor del día transcurrido, bien empilchado para la ocasión, de los brazos las señoras, con el sombrero en la mano los señores, a puro correteo el piberío. Y todos perfumados por los choris que se van haciendo en la antesala al escenario repleto de luces multicolores.
Las sillas de plástico se perfilan de cara a los cantores, en hileras que se extienden hasta el sector donde las mesas dispuestas tienen sello de cena-show. Todos los focos de la canchita, blancos y poderosos, dan soles hasta que todo se apaga, y entran los presentadores del VIII Festival de la Música Argentina.
La arenga de los trajeados tiene que ver con remarcar la importancia del evento, de tenerlo en la ciudad, y de saber vivirlo a su altura. Prolijamente dirigirán los pasos a seguir, los entremeses, los chistes y comentarios risueños, todo bajo el control de la ortodoxia en el manejo de eventos multitudinarios.
La cosa arranca con un cantor de tangos, que no estaba invitado oficialmente pero que llegó a Victoria y pidió entonar un par de temas. Y así abrió la noche estremeciendo con una voz potente y equilibrada, mostrando un buen manejo y una buena experiencia en los escenarios. Fueron tres los temas: dos canciones de música ciudadana y un inoxidable recuerdo del Gitano, que fue vitoreado por las siempre presentes “chicas”, hasta incluso con suspiros. Buen tino haber traído a Roberto Sánchez para su evocación. Y así lo hicieron saber las más de dos mil personas que acudieron a esta noche.
El “Lagunero” Daniel Albarracín, buen tributo a Horacio Guarany que puede brillar con brillo propio, desparrama espontaneidad y profesionalismo, de hecho llegó a este festival directamente del hospital que lo atendió por una molestia biliar, según compartió, un tanto chabacano y exagerado en la postura de confidente. Interpretó ocho temas propios y algunos ajenos, incluyendo un par de clásicos del cantor del “Pueblo”. Bromeó reiteradamente con sus guitarristas y se despidió prometiendo regresar, “porque el canto para mi es mi pasión, es mi vida”. Todo ante un confortable aplauso.
El ballet Horizonte, que había dado inicio al festival con zambas, retornó para amenizar la espera de los chamameceros. Cuecas, más zambas, pericones, gatos, de todo se les vio hacer en los pastos al pie del escenario, lugar de los pasos compasados y meticulosos de ésta compañía victorience que lleva treinta años de iniciar jóvenes en los bailes tradicionales de nuestro pueblo argentino.
Ahora sí se arma la joda. De repente la noche, que se había puesto fresca, cuando las viejas se apuraban a ponerse los saquitos, se recalienta con un alarido que cruza los campos de este a oeste y de sur a norte. Grito esperado, lo pude entender de allí en más, por la inmensa mayoría de quienes pagaron los cincuenta pesos de la entrada. Llega Nemopirí. Llega la emoción.
Emoción es el significado de ese vocablo en guaraní, y es lo que eligieron hacer los seis muchachos jóvenes que se plantan arriba del escenario, vestidos con uniforme de sapucay, listos a exigir el baile preferido de los correntinos y buena parte de los entrerrianos. Su guitarra principal lanza el aullido que resuena en todo el Paraná. Todos saltan a la improvisada pista natural y zapatean rítmicamente esos saltitos para adelante y para atrás, sello distintivo del Chamamé. Uno tras otro suenan los enganchados de Nemopirí, sin interrupción, solo bajo la voz de su cantante recitador de prosas, que de tanto en tanto tira una consigna al público, una arenga, un pedido de grito de sapucay, que, claro, todos responden hasta donde dan los pulmones. Sin vergüenza alguna. Porque la cultura propia nunca es motivo de vergüenza en aquel que la lleva muy adentro en el sentir.
“¡A bailar, a bailar Victoria!”, gritan desde arriba. Un sapucay sube desde el piso pisoteado más que en partido de domingo. Los mozos ya ni van ni vienen, las sillas quedaron casi olvidadas, con carteras, bolsos de mano, botellitas de agua, vasos vacíos de cervezas extintas. Solo yo, quieto y asombrado, quedé en mi lugar, sin pareja para bailar a la luz de los reflectores verdes y rojos.
La noche, que ya llega a su fin, es consagrada por la figura más deslumbrante del festival. La que garpa, diríamos en el barrio porteño. Y su presentación, su forma de andar el escenario y relacionarse con el público así lo muestran. Con una aurea total para estos instantes de música compartida, Roxana Carabajal le pone el broche de oro a una fiesta popular y pueblerina. Ella trae el folklore mezclado con la ciudad, el bombo leguero que convive con los parches, las guitarras criolla y eléctrica conversan tema a tema, y el violín, y el bajo, que son piezas fundamentales del repertorio de una de los siempre queridos Carabajal. De repente brota el humo del piso y las luces ocultan a los músicos, el público victorience mira entre sorprendido y fascinado, no tan acostumbrado a los efectos de la modernidad en los espectáculos. La voz de Roxana es un puñal afiladísimo que atropella el aire frío de la madrugada, cada chacarera la vive a pura emoción y eso llega así a los oídos de todos, y contagia, y deslumbra. Narra leyendas de su Santiago, cuenta historias de sus montes y sus costumbres, pide por el cuidado y respeto por esos montes, signos de la historia y la cultura de los pueblos. Canta denunciando la avaricia de los desmontadores y el futuro de desierto de esas, sus tierras. Allí el público mira un poco ajeno, sin comprender demasiado esta política subida arriba del escenario, pero el respeto silencioso se impone desde todos los costados, solo un mamado grita “¡Vamos Sportivo!”. A lo cual la cantante, ducha en el contacto con su público, convierte en otro “¡Claro que sí chango!”.
Un par de bises cierran un festival plagado de buenos momentos, de la familia de regreso, como cada enero de Victoria, al placer de disfrutar de una fiesta suya. Y hecha para todo el que quiera venir por estos pagos cada verano.
La noche de Victoria se viste de fiesta, y las Tres Marías pispean la prueba de sonido de Roxana Carabajal, que ensaya las emociones que le tirará al público. Que va llegando lento, cargado del calor del día transcurrido, bien empilchado para la ocasión, de los brazos las señoras, con el sombrero en la mano los señores, a puro correteo el piberío. Y todos perfumados por los choris que se van haciendo en la antesala al escenario repleto de luces multicolores.
Las sillas de plástico se perfilan de cara a los cantores, en hileras que se extienden hasta el sector donde las mesas dispuestas tienen sello de cena-show. Todos los focos de la canchita, blancos y poderosos, dan soles hasta que todo se apaga, y entran los presentadores del VIII Festival de la Música Argentina.
La arenga de los trajeados tiene que ver con remarcar la importancia del evento, de tenerlo en la ciudad, y de saber vivirlo a su altura. Prolijamente dirigirán los pasos a seguir, los entremeses, los chistes y comentarios risueños, todo bajo el control de la ortodoxia en el manejo de eventos multitudinarios.
La cosa arranca con un cantor de tangos, que no estaba invitado oficialmente pero que llegó a Victoria y pidió entonar un par de temas. Y así abrió la noche estremeciendo con una voz potente y equilibrada, mostrando un buen manejo y una buena experiencia en los escenarios. Fueron tres los temas: dos canciones de música ciudadana y un inoxidable recuerdo del Gitano, que fue vitoreado por las siempre presentes “chicas”, hasta incluso con suspiros. Buen tino haber traído a Roberto Sánchez para su evocación. Y así lo hicieron saber las más de dos mil personas que acudieron a esta noche.
El “Lagunero” Daniel Albarracín, buen tributo a Horacio Guarany que puede brillar con brillo propio, desparrama espontaneidad y profesionalismo, de hecho llegó a este festival directamente del hospital que lo atendió por una molestia biliar, según compartió, un tanto chabacano y exagerado en la postura de confidente. Interpretó ocho temas propios y algunos ajenos, incluyendo un par de clásicos del cantor del “Pueblo”. Bromeó reiteradamente con sus guitarristas y se despidió prometiendo regresar, “porque el canto para mi es mi pasión, es mi vida”. Todo ante un confortable aplauso.
El ballet Horizonte, que había dado inicio al festival con zambas, retornó para amenizar la espera de los chamameceros. Cuecas, más zambas, pericones, gatos, de todo se les vio hacer en los pastos al pie del escenario, lugar de los pasos compasados y meticulosos de ésta compañía victorience que lleva treinta años de iniciar jóvenes en los bailes tradicionales de nuestro pueblo argentino.
Ahora sí se arma la joda. De repente la noche, que se había puesto fresca, cuando las viejas se apuraban a ponerse los saquitos, se recalienta con un alarido que cruza los campos de este a oeste y de sur a norte. Grito esperado, lo pude entender de allí en más, por la inmensa mayoría de quienes pagaron los cincuenta pesos de la entrada. Llega Nemopirí. Llega la emoción.
Emoción es el significado de ese vocablo en guaraní, y es lo que eligieron hacer los seis muchachos jóvenes que se plantan arriba del escenario, vestidos con uniforme de sapucay, listos a exigir el baile preferido de los correntinos y buena parte de los entrerrianos. Su guitarra principal lanza el aullido que resuena en todo el Paraná. Todos saltan a la improvisada pista natural y zapatean rítmicamente esos saltitos para adelante y para atrás, sello distintivo del Chamamé. Uno tras otro suenan los enganchados de Nemopirí, sin interrupción, solo bajo la voz de su cantante recitador de prosas, que de tanto en tanto tira una consigna al público, una arenga, un pedido de grito de sapucay, que, claro, todos responden hasta donde dan los pulmones. Sin vergüenza alguna. Porque la cultura propia nunca es motivo de vergüenza en aquel que la lleva muy adentro en el sentir.
“¡A bailar, a bailar Victoria!”, gritan desde arriba. Un sapucay sube desde el piso pisoteado más que en partido de domingo. Los mozos ya ni van ni vienen, las sillas quedaron casi olvidadas, con carteras, bolsos de mano, botellitas de agua, vasos vacíos de cervezas extintas. Solo yo, quieto y asombrado, quedé en mi lugar, sin pareja para bailar a la luz de los reflectores verdes y rojos.
La noche, que ya llega a su fin, es consagrada por la figura más deslumbrante del festival. La que garpa, diríamos en el barrio porteño. Y su presentación, su forma de andar el escenario y relacionarse con el público así lo muestran. Con una aurea total para estos instantes de música compartida, Roxana Carabajal le pone el broche de oro a una fiesta popular y pueblerina. Ella trae el folklore mezclado con la ciudad, el bombo leguero que convive con los parches, las guitarras criolla y eléctrica conversan tema a tema, y el violín, y el bajo, que son piezas fundamentales del repertorio de una de los siempre queridos Carabajal. De repente brota el humo del piso y las luces ocultan a los músicos, el público victorience mira entre sorprendido y fascinado, no tan acostumbrado a los efectos de la modernidad en los espectáculos. La voz de Roxana es un puñal afiladísimo que atropella el aire frío de la madrugada, cada chacarera la vive a pura emoción y eso llega así a los oídos de todos, y contagia, y deslumbra. Narra leyendas de su Santiago, cuenta historias de sus montes y sus costumbres, pide por el cuidado y respeto por esos montes, signos de la historia y la cultura de los pueblos. Canta denunciando la avaricia de los desmontadores y el futuro de desierto de esas, sus tierras. Allí el público mira un poco ajeno, sin comprender demasiado esta política subida arriba del escenario, pero el respeto silencioso se impone desde todos los costados, solo un mamado grita “¡Vamos Sportivo!”. A lo cual la cantante, ducha en el contacto con su público, convierte en otro “¡Claro que sí chango!”.
Un par de bises cierran un festival plagado de buenos momentos, de la familia de regreso, como cada enero de Victoria, al placer de disfrutar de una fiesta suya. Y hecha para todo el que quiera venir por estos pagos cada verano.
jueves, 16 de febrero de 2012
TRESCIENTOS TREINTA Y CUATRO
La inseguridad no es algo innato de las ciudades y su diagramación. La inseguridad es el resultado de la ausencia de políticas de distribución, que coloca a amplios sectores de la población, en especial a los más jóvenes, a merced de hombres que los llevan hacia las prácticas delictivas para poder encontrar el espacio que no tienen, porque no se les ha dado, aunque todos los carteles publicitarios les juren que ellos también pueden acceder para ser felices y completos. Y así surgen esas legiones de pibes y no tan pibes, de jean y zapatillas de moda, celular último modelo, y revolver y punta en mano. Que pasan a conformar la marginalidad que acosa y golpea a los ciudadanos de bien, a los responsables que pagan sus impuestos, a los trabajadores que cumplen su rol social de ganarse el pan con el sudor de su frente, decentemente, como soldaditos prolijos y no revoltosos.
La inseguridad no es algo que se deba leer solo como un perjuicio de los acomodados de la sociedad. Parece ser que no es inseguro jugarse la vida en el atraco de un negocio, o en los márgenes donde los corruptos negocios de la policía provincial amenazan e intervienen para ablandar a los futuros e insalvables “pibes chorros”, siempre con el visto bueno de toda la ciudadanía.
Más policía. Más seguridad. Más vigilancia. Y la Gendarmería en la calle; si hasta pareciera, según nos dice la Constitución, que estamos en un momento de conmoción interior o agresión exterior. Solo que cuando en verdad estuvimos en una conmoción interna, llevados a ella por la implementación de un plan de disciplinar a la sociedad para aplicar las políticas económicas en beneficio de grupos económicos nativos e internacionales, que destruyó las capacidades de producción del país y hundieron a la mayoría del pueblo en la miseria y el abandono total. Solo que allí la policía tiró a matar a los que ya se estaban muriendo hacía años. Conmocionados.
Solo parcialmente me sorprende esta placa puesta en la Plaza 1° de Mayo, en pleno centro de Paraná. Una placa que recuerda a las víctimas de la inseguridad y la injusticia. Así, sin otra aclaración. Como si fueran víctimas de un huracán o un terremoto, o un tsunami. Impersonal y sin apuntar a los que hay que apuntar como hacedores de toda inseguridad, ni qué es la verdadera inseguridad en esta era de explotación y abuso. ¿O será que los que pusieron la placa son los que siembran las inseguridades de todos, los asaltados y los asaltantes?
La inseguridad no es algo que se deba leer solo como un perjuicio de los acomodados de la sociedad. Parece ser que no es inseguro jugarse la vida en el atraco de un negocio, o en los márgenes donde los corruptos negocios de la policía provincial amenazan e intervienen para ablandar a los futuros e insalvables “pibes chorros”, siempre con el visto bueno de toda la ciudadanía.
Más policía. Más seguridad. Más vigilancia. Y la Gendarmería en la calle; si hasta pareciera, según nos dice la Constitución, que estamos en un momento de conmoción interior o agresión exterior. Solo que cuando en verdad estuvimos en una conmoción interna, llevados a ella por la implementación de un plan de disciplinar a la sociedad para aplicar las políticas económicas en beneficio de grupos económicos nativos e internacionales, que destruyó las capacidades de producción del país y hundieron a la mayoría del pueblo en la miseria y el abandono total. Solo que allí la policía tiró a matar a los que ya se estaban muriendo hacía años. Conmocionados.
Solo parcialmente me sorprende esta placa puesta en la Plaza 1° de Mayo, en pleno centro de Paraná. Una placa que recuerda a las víctimas de la inseguridad y la injusticia. Así, sin otra aclaración. Como si fueran víctimas de un huracán o un terremoto, o un tsunami. Impersonal y sin apuntar a los que hay que apuntar como hacedores de toda inseguridad, ni qué es la verdadera inseguridad en esta era de explotación y abuso. ¿O será que los que pusieron la placa son los que siembran las inseguridades de todos, los asaltados y los asaltantes?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)