martes, 21 de agosto de 2012
TRESCIENTOS CINCUENTA Y SIETE
No es casualidad que esté al fondo de la encrucijada que nunca duerme, enterrado en la noche que ya no tiene clientes, ni testigos, ni vendedores de bagatelas; casi ni siquiera al mozo, petiso y retacón, eterno como esas mesas de billar, anhelando otro porvenir, sostenido por el manso mostrador.
Allá voy, lento, desandando, con pies sin alas, el camino que hiciera al iniciar el día, el poema, el cuento, la advertencia grabada en estos papeles bien dispuestos, enteramente confiables en su silencio. Cruzo la madrugada doliente, penetro entre esas paredes, grabadas con mil destinos y más amores aún, malolientes solo para tipos que no saben sufrir, que no conocen de ánimos derrumbados ni fracasos amontonados en el pecho. Entre un millón de desilusiones me muevo, cada día, esta noche.
Una pareja y un borracho me observan aguijonear la pesadez del salón profundo.
En el baño del bar La Academia, justo en el borde de la vida, sentado en la medianera de la muerte, flaqueo una vez más. Entro, lo hago, salpicando el blanco, y me vuelvo a la noche que todo lo sabe, incluso esta resignación de saberme hundido en mis huesos, en mi alma, en mi propia existencia.
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