martes, 14 de agosto de 2012
TRESCIENTOS CINCUENTA Y CINCO
En el baño de su casa escribo esto. Luego de una ducha caliente, desnudo, viendo mi rostro feliz en su espejo empañado, mi piel reflejada en sus azulejos, mis manos tanteando sus pinturas y colores, sus sombras, que son mis luces. Luego del sexo escribo esto, después del amor, mucho mejor.
Entre las paredes de su íntimo mundo escribo esto. Donde ella me invitó, sin pensar en el mañana, ni en el pasado, tan solo en el día frío, de este invierno más frío que nos trajo hasta aquí. Al final de una tarde de aguacero impiadoso, que cubrió todo y cuanto fuimos en las calles y las plazas, en los jardines de las casas de los barrios de Buenos Aires. Una lluvia que amagaba con dejarme tirado en un charco de tristeza y soledad. Como a tantos habrá hecho.
En el final de un sábado escribo esto. Cuando nos besa los pies el domingo somnoliento y apacible. Cuando todo ha terminado para nuestros cuerpos desenfrenados, por esta vez, tan solo por esta deliciosa vez.
Hasta la próxima lluvia, hacia el siguiente tropel de besos y caricias al filo de un nuevo día nuestro, y de este tiempo arrinconado en la miseria humana.
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