A esta ciudad le hace falta un bar en el puerto. También necesita un puerto como es debido, con sus muelles como portales del río, como traductores entre la marea y los hombres que la miran con curiosidad; un paraíso pobre, de esos que viven mejor de noche que de día, sucios y repugnantes, con mesas en demolición y servilleteros amarillentos de marcas de antaño.
Un changador de ojos achinados y piel siempre sudando, junto a despachantes corruptos e inescrupulosos. La madera ennegrecida plagada de copas, y de bastos, y de espadas. Poco oro. Así estaría bueno vivir en Buenos Aires. Una ciudad con un patio de atrás, con toldo y esos borrachos equilibristas en sillas enclenques. Un lugar que yo podría considerar casi como mi casa.
En cambio, lo que hay es una prohibición de arrimarse a las aguas. Terminales con gruas cuyos dueños nunca vienen, bohemia privatizada, multitudes de contenedores como un laberinto de metal, sin Teseos ni Ariadnas. Barcos lejanos y ajenos, sin nombres que poder deletrear. Ninguna cultura que nos envie sus emisarios, ningún mensaje de Odessa, ningún frío del Báltico. Ninguna ciudad anclada en nuestro jardín de agua dulce.
No tengo un bar en mi puerto.
No hay historias si no hay bares en los puertos.
domingo, 3 de julio de 2011
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