lunes, 4 de julio de 2011

TRESCIENTOS DIECINUEVE

El cielo es inmenso en la noche del verano caluroso. Las estrellas son lunares que brillan en la cara del tiempo inabarcable, ninguna caerá hasta bien entrada la madrugada, solo para ser vista por los enamorados más perseverantes.
En los mares del sur el frío es un intruso que, furtivamente, se instala entre la medianoche y el amanecer; la arena quieta acompaña la charla de los amantes, ausculta cada beso para vislumbrar la vida de la pasión, y se callan las olas, más calmadas, aburridas, menos provocadoras.
La pregunta es una tradición escrita en la piel de las noches en las playas, en todas las playas de todos los mundos. La pregunta, el juego inquisidor, la mirada hacia lo incomprensible, que busca y jamás halla. Algunos creen que solo sirve para propiciar el amor, dar impulso a la irremediable caricia, al inextinguible abrazo.
Él mira. Ella mira. Él hace la pregunta que repite ese instante una vez más. Ella, desesperadamente, se atreve a preguntar otra cosa distinta. Mirá el cielo infinito. "¿Creés que habrán otras gentes como nosotros, por acá?".

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