lunes, 18 de junio de 2012

TRESCIENTOS CUARENTA Y NUEVE

El error me pesigue, como el día a la luna lenta y rebelde, que no se quiere ir de una vez. No soy bueno para casi nada, y lo único que tengo de certeza es una simpatía por esa luna testaruda para abandonar ese lugar que ya no le pertenece. ¿Será que soy yo el que persigo al error? Sin la suerte de que mis yerros acierten a esquivar mi persecusión. El amor también me persigue, pero vaya a saber para qué. Porque cuando me arrastro lo más cansinamente para que hasta la quietud pueda alcanzarme, solo se viene para pararse ante mí y mirarme sin decir palabra alguna, sin un gesto cualquiera, que me dé una señal de mi suerte o mi desgracia, de qué hacer en ese instante crucial. ¿Será que soy yo el que debiera acosar a ese amor burlón e indeciso? La muerte me persiguió una sola vez, y me tomó del cuello, y me marcó la palabra y la cara, y el pecho, y cuanto pudo lacerar con su fría estima por el ser humano, así lo hizo. Un atardecer me soltó, yo juraría que desilusionada, enfadada por no poder tatuarme su nombre en la piel por lo que queda del tiempo todo. Ahora tengo otra relación con los otros dos perseguidores. Más cordial. Menos tensa. Aunque sigo siendo yo el que paga lo que tomamos y comemos en nuestros encuentros. Y el que paga todo lo que se rompe.

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