viernes, 24 de junio de 2011

TRESCIENTOS DIECISEIS

El paraíso, de pronto, empezó a olvidarse de su color, de sus flores, y sus aves multicolores; el cielo oscureció en un degradé que fue apagando la claridad que acariciaba la cabeza de Adán y la suave piel de su compañera, en tan dulce soledad compartida.
La propia Eva comenzó a inquietarse, incómoda, porque ese aroma bello ahora parecía huir de ellos. Y efectivamente desaparecía del aire, dejando paso a un hedor cada vez más hondo en todos los rincones del paraíso.
La primera mujer también fue la primer criatura en soportar las vicisitudes de la propia naturaleza; abnegada, sumisa, esposa, solo atinó a elevar la mirada al tiempo que cambiaba el lugar de su hoja de parra, llevándola del bajo vientre a la nariz.
En las alturas no tan altas de este tiempo de regocijo humano, un Dios incrédulo posó su mirada celestial sobre sus hijos; Eva no dijo nada, Adan sentenció la suerte de ambos y de toda la humanidad para el resto de la eternidad: "Yo no fui" , exclamó pícaro e irresponsable.
La mentira infame, absurda, e insostenible despertó las iras del Creador. Expulsó a sus primogénitos del Eden, condenándolos a vivir, de allí en adelante, en pueblos y ciudades infectos, contaminados y apestosos.

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