sábado, 15 de enero de 2011

TRESCIENTOS ONCE

Las dos invasiones llegaron juntas, de hecho una fue uno de los motivos de la otra. Buscar metales preciosos, tierras para explotar, indios salvajes para esclavizar y cristianizar.
Hablamos de la llegada a Sudamérica, no ya a las islas del Caribe, donde los impulsos originales se mezclaban con lo que se iba hallando y salían relaciones y formas nuevas de percibir y tratar al “nuevo mundo”.
Después de que Almagro y Pizarro se destrozaran mutuamente, como Montescos y Capuletos de la tierra prometida de Eldorado, la guerra entre los peninsulares pasó a encomenderos y jesuitas, los hacendados y los religiosos de Ignacio de Loyola.
Nadie pensaba mucho en los indios. Para los dos bandos eran piezas de una estructura que tenían pensada y sabían cómo hacerla funcionar. Los guaraníes eligieron la que menos sangre les exigía.
Si los primeros sacerdotes que llegaron con Cortez habían sido severos y déspotas al querer evangelizar, provocando rechazo y resistencia, los jesuitas encontraron la forma de cristianizar sin atrocidades, de convertir sin violencias extralimitadas. Ordenando, culturizando, tolerando. Pero siempre mandando.
Montaron pueblos de indios, reducciones, donde Dios enseñaba las cosas buenas del orden occidental, y a cambio los liberaba de las manos voraces de los dueños de latifundios brasileros y paraguayos; el trato era obedecer y servir en La Misión, con su orden familiar y espiritual (el sacerdote indio karaí fue despojado de sus dotes y privilegios), más una incipiente capacidad de producción de yerba y otros productos.
Intolerable para los ávidos encomenderos que necesitaban a los indios de las misiones para sus plantaciones, y que atacaban insistentemente con sus ejércitos mercenarios que incluían indios contratados, y los tradicionales bandeirantes del Brasil. Pronto también lo fue para la Corona.
La Compañía de Jesús de San Ignacio Miní fue fundada por los sacerdotes José Cataldino y Simón Masceta, y lo hicieron en la región del Guayrá en el Brasil, en el 1610. Ya en 1632 habían emigrado a la actual provincia de Misiones, huyendo de los ataques de los cazadores de esclavos portugueses conocidos como mamelucos. Allí erigieron un poder que creció, resistió, y perduró hasta fines del siglo XVIII (1767), cuando Carlos III firmó su expulsión de los dominios de la Corona.
Las invasiones portuguesas y paraguayas de 1816 y 1819 destruyeron su obra material y apenas dejaron lo que hoy se visita como patrimonio cultural de la humanidad.
Autonomía y control, tal fue el pecado que fue construyendo la Orden. Y que terminó por destruirla.

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