viernes, 14 de enero de 2011

TRESCIENTOS DIEZ

En un baño de la terminal de ómnibus de Retiro, alguien, Rubén, escribió: “Adiós Argentina, gracias”. Era el único mensaje que tenía la puerta del retrete, lo demás, sandeces, burdo grafiti de los figurones de los toilettes, que creen atrapar la posteridad con su rúbrica torpe y chabacana.
¿De dónde era Rubén? ¿Cuánto tiempo había estado en Argentina? ¿Se iba para nunca más volver? Lo que estaba claro era el deseo de manifestar gratitud por algo o por alguien, por un país ajeno a él, o por un pueblo también ajeno, al menos al momento de su llegada.
Todo viajero debiera poder decir gracias a quien lo hospedó, lo alimentó, lo recibió, le abrió sus cotidianidades y sus propias miserias y bajezas.
Retiro siempre es esa puerta de salida y de entrada que tiene un gracias escondido en alguna parte de su cuerpo. Todas las terminales del mundo son testigos de la conexión entre los hombres y mujeres de rincones diferentes.
Es noble pero se equivoca Don José Larralde cuando relincha “Yo he conocido el mundo en este mismo lugar”.
Una y otra vez vamos a ir en busca de la emoción de conocer y descubrir. Allá iremos. Allá voy. Y siempre voy a escribir gracias.

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