El nombre es todo lo que le queda al barrio industrial. Los silos abandonados de la aceitera Santo Pipó son nido de pájaros cantores que deambulan por los cielos celestes del pueblo Urquiza, las chicharras quiebran el silencio de una tarde que se queda sola, todos en el pueblo se meten a esperar que baje el sol. Los caminos rojos y resecos aguardan una lluvia que humedezca un poco, y dé un rato de fresco. El colegio, la canchita donde los chicos del pueblo meten esas fintas y gambetas que nunca llegarán a primera, justo al costado de la iglesia, que no sabe nada de catedrales y basílicas imponentes, el único mercado, el único taller que repara coches, todo es un ardor inaguantable, incluso para los que aquí ven pasar el tiempo, como una oruga con paciencia.
Casi ningún ómnibus para en General Urquiza. Suelen pasar a gran velocidad y solo intuyen un cartel que anuncia que allí hay un pueblo, unas gentes que viven camino abajo dos kilómetros de la ruta 12. Entre cientos de pinos, arroyos que le murmuran su existencia a humildes puentecitos de madera, entre el mundo que pasa y el río Paraná.
Un colectivo verde viene cada tanto a llevarse a quien quiere ir a Santo Pipó; para algún trámite, algún trabajo, alguna compra. Lo otro que queda para salir de Urquiza es llamar al remisero de la terminal de Pipó, para que venga a buscarnos.
General Urquiza es un lugar donde su gente solo espera que pase el tiempo. Mirando el sol subir y bajar en el horizonte, contando nubes que dan sombra a veces, charlando de nada o de los chicos que se fueron, y viendo jugar a los que se irán. Nadie que no haya nacido en el monte puede entender que sitios como Urquiza pervivan a través de los años.
¿Cuánto tiempo durará Urquiza? ¿Cuándo los viejos mueran quiénes volverán para que los días sigan pasando por este pueblo? Parado en la ruta, esperando algún micro que se detenga, el pensamiento me hace regresar al pueblo para tratar de responder esas preguntas.
miércoles, 19 de enero de 2011
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