Se abrió el domingo a las seis de la mañana. Con las primeras claridades de uncielo que se despereza, que se va aclarando de a poco, sin pausa.
La noche larga se ha muerto al final de la música en mis oídos. Una fantasía de un mundo donde las tinieblas no son malas, sino solamente oscuras. Pero buenas,
amigas, y sin asustar.
El viento arranca a zamarrear los árboles de la calle desierta. Las gentes mayores están a punto de encender sus hornallas para parir los mates amargos. Los jóvenes se retiran de sus vidas allecho de sus muertes dominicales temporales; alguna vez fui ese joven que moría entre las siete y las catorce del domingo cotidiano.
La luz del velador es un resabio del pasado inmediato. Un vicio que no se apaga. La cama está tendida y de franco. El patio ya está blanco y radiante, con sus plantas solitarias de mi compañía (qué raro que nunca salga al patio de mi propia casa).
Domingo. ¡Qué buen pretexto das para cantarte!, dice Silvio Rodriguez. Y para escribirte algo. Aunque más no sea unas líneas, un puñado de palabras en negra tinta, con corazón imprenta.
El día donde todos son libres. Quizá hasta los presos en sus celdas también lo sean.
A la tarde, alo mejor, escribo otra cosa distinta. Puede ser que ya no opine igual de esta feria de la vida que es cualquier domingo.