domingo, 7 de junio de 2009

CIENTO CINCUENTA Y UNO

Hace un tiempo atrás me llamó una ex compañera del secundario. La cuestión era la tradicional reunión de compañeros que se realiza unas decenas de años después de haber salido del colegio. Ese intento fallido de traer el pasado al presente, esa idea absurda de hacer revivir a un muerto tieso, frío, y en proceso de descomposición avanzada.
En la conversación telefónica cometí un error: asegurar mi presencia en tal encuentro cuando en verdad sabía que jamás iba a asistir. Debí ser más sincero. Pero no dije lo que sentía porque temí herir sentimientos y demoler edificios de felicidad nostálgica. Así que me deshice del mal momento mintiendo y engañando. Una actitud bien cobarde por cierto. Pero creo que sensata.
¿Por qué la gente quiere juntarse de nuevo con compañeros del colegio? ¿Qué es lo que buscan? ¿Volver a vivir tiempos más felices, lejanos a las responsabilidades que vendrían luego? No termino de entender el motivo. Personalmente me parece de muy mal gusto querer dar testimonio de nuestra vida a gente que no ha participado en ella activamente, que solo fue testigo de un pequeño instante y sin buscarlo. Además, siempre está el peligro de contrastar realidades, con lo que esto significa para el autoestima personal y la moral íntima. Descubrir que uno está rodeado de profesionales exitosos, vestidos en sus presentes confortables, con formidables familias y satisfactorios trabajos. Y que uno es un fracasado absoluto, esa promesa de miserable devenir que se cumplió trágicamente, al contrario de nuestros compañeros que han triunfado y se han sabido acomodar en los tiempos que corren.
Quizá es uno el que tiene una historia buena, plagada de satisfacciones, con mujer e hijos lindos y sanos, y los otros son unos pobres sujetos que están solos, o divorciados, o viudos, y que tienen trabajos detestables donde son explotados y al que no tienen más remedio que soportar.
Cualquiera de las dos situaciones es una mierda. Ser el "bueno" ante los "pésimos", o ser el infeliz ante los dichosos. Y hay que agregar que es una mentira, una ilusión nefasta, creer que esos chicos que compartían horas libres con nosotros, son estos tipos grandes, gordos y barbudos. Es otra gente, es obvio. Nosotros somos otra gente también. La vida no es aquella vida. El presente no tiene conexión con ese pasado. Todo es antinatural y forzado. Una escena con malos actores y sin ningún astuto director.
Nunca aparecí por la cumbre de los alumnos de la escuela nacional de comercio n° 1 Dr. Joaquín.V. Gonzalez, promoción 1991. Para tristeza y desesperanza me alcanza con mis días de hoy, no necesito aunarles las truncadas expectativas de otra era lejana y difusa.

1 comentario:

Obelisco Enforrado dijo...

Nada se pierde, todo se transforma; Las relaciones humanas también. No será una verdad absoluta pero quien puede asegurar que ese reencuentro no pueda traer sorpresas gratas aparejadas. Además, suponer que TOOODOS triunfaron en la vida y que uno es el único ¿fracasado? me parece un tanto alejado de la realidad. El tema del ego y la autoestima pasa por otro lado y en su caso, mi amigo, su situación actual, es, en gran medida, resultado de decisiones tomadas con total libertad y eso, creame, es también motivo de orgullo. Que es lo peor que puede pasar? Ver que un viejo compañero de clases tiene un Mercedes y ud. sigue viajando en el 100? Vealo de este modo: no tendrá que volver a verlos nunca más si así lo quiere, en cambio, queda abierta la posibilidad de que alguno de esos "exitosos" le ofrezca una oportunidad que pueda cambiar su vida por completo. Piénselo. Sabe que le hablo con el corazón.