domingo, 3 de mayo de 2009

CIENTO CUARENTA Y NUEVE

La vida en el depósito de mi trabajo tiende a la somnolencia del ánimo de superación, esa trampa predilecta que los dominantes del sistema logran instaurar en los dominados del mismo. Una especie de formol en el deseo, mechado con quietud y estatismo voluntario y no inducidos.
El Señor E bajó ayer y se mostró apacible, sosegado. Pero a no confundir, siempre atento a despreciar, aunque más no sea subrepticiamente a sus empleados esforzados. Y convencido como de costumbre de la razón que cree justificar sus abusos, su explotación del prójimo, su falta de equivalencia entre justicia y merecimientos.
Toda la vida de saco y corbata el Señor E. Casi como el señor Smith de la Matrix de Neo, pero sin ningún Anderson que nos salve el pellejo, y mucho menos una Trinity para lamerle el cuero y la piel.
En otro orden de cosas se inaugura en esta semana la espectacular Feria del Libro de Buenos Aires. La estúpida, aglutinante e inservible Feria del Libro. Esa inmensa mansión donde las vanidades y el figuretismo son los invitados más repetidos, y se pasean elegantes e impostados por las infinitas callejas que surgen por la yuxtaposición de stands y más stands, que por supuesto no tienen nada nuevo para ofrecer más que respuestas simples a las preguntas sin cerebro de los snobs del mundo de la literatura.
Yo no voy a ir ni a punta de escopeta, por supuesto. ¿Saben por qué? Porque no es necesario, porque no hay nada allí que no esté en las veredas de Corrientes entre Callao y el Obelisco Enforrado. Y lo que en verdad hay no me interesa, que es esa multitud de miradas que se visten de cultas, esos miles y miles de cuerpos emperifollados como para una fiesta exclusiva. Sumado todo ello a manadas de niños y adolescentes que fueron arrastrados por docentes y maestros paternales, bajo la consigna de algún trabajo escrito a posteriori de la infame visita al averno de las editoriales y los figurones. Y todo porque alguien tuvo la ingeniosa ocurrencia de que la incentivación de la lectura infantil está en obligarlo a ir a asfixiarse con el tufo de las viejas que leen un libro por año, y la sofocación de kilos y kilos de madera, papel, y luces ardientes como microsoles incineradores.
Arranca una vez más la Feria del Libro en la Argentina. Van a estar todos los de siempre, diciendo lo de costumbre, con las conferencias de cada año y los fetiches repetidos hasta el fin de los tiempos. Libros, conferencias, foros de debate literario, y todo lo que se funde en este infinito salón orgiástico, está todo el año en un millón de lugares a lo largo y ancho de la ciudad cultural. Que, por supuesto, de mayo a abril están vacíos y sin un alma a la que le interese ir un 16 de noviembre por la tardecita a escuchar hablar a ese importante ensayista, que también estará en la Feria, para salir rodeado de manos con biromes y una cara de culo indisimulable para su editor estrella.
¿La Megaferia o un bar con café, libros, y papeles para escribir? La respuesta se puede inferir en lo que antecede extensamente a esta oración final.

1 comentario:

Obelisco Enforrado dijo...

Coincido con usted, mi estimado. En especial cuando recuerdo la edicion del año pasado en la cual, en lugar de libros, adquirí un cd doble de jazz; diga que salvo la noche la cena posterior...