domingo, 12 de abril de 2009

CIENTO CUARENTA Y SIETE

En la localidad bonaerense de Henderson existió hacia fines de los años ochenta una secta religiosa cuya premisa fundacional era la prédica anticristiana. Logia masónica de la cual se desconoce su fecha de iniciación, hecho desapercibido por la mayor parte de los habitantes, gentes normales, católicos, burgueses ligados a la producción agraria (cosa ya no contradictoria para los años del presente relato).
Lo poco que se ha podido rescatar de los documentos sectarios rescatados por los historiadores locales, no representa ninguna revelación sensacional de los fines, las actividades, y las manifestaciones reales y cotidianas de los designios que recaían sobre el grupo. La descripción que aquí se hace pertenece a la leyenda pueblerina, la cual, dicen sus propaladores, surge de los datos aportados secretamente por algunos integrantes alejados de la secta. Mucho antes de su disolución y desaparición consecuente.
Casi como cualquier intento de anticatolicismo explícito develado por la historia, las situaciones y las prácticas de este grupo oculto deambulaban por los lugares más comunes: adoración al Príncipe de las Tinieblas, conferencias siniestras con endemoniados discursos apocalípticos, quema de representaciones santas, pruebas de máxima fidelidad y comunión entre los integrantes de la secta maléfica. Lo habitual desde que Dios creo el mundo y Cristo fue crucificado.
Lo que viene a sorprender a los aficionados a la investigación son las aparentes causas de la decadencia de la secta diabólica de Henderson.
Según cuenta la historiografía clandestina del pueblo mediterráneo, el decaimiento provino de una perdida gradual de la esperanza en el poder del mal. Un creciente descreimiento en que las cosas pudieran salir todo lo mal que la institución prometía. Una falta de fe en quienes se supone no tenían tal virtud. Desesperanza anclada a la esperada y fallida aparición del supuesto mesías de Belcebú, el esperado anticristo.
El hombre se presentó y dijo ser lisa y llanamente el enviado de Luzbel, o Satanás, o Lucifer, o como fuera lo llamaran a su adorado. “Soy Damián y vengo en nombre del que manda en las profundidades, donde nada brilla y todo augura la perdición”.
Automáticamente fue reverenciado por la secta. Enaltecido, admirado, escuchado. Seguido adonde los dirigiera.
No hizo falta moverse mucho, ya que el testaferro del mal jamás salió de los lujosos aposentos que le fueron obsequiados para yacer durante su mesiánica estadía terrenal. Allí hablaba a sus seguidores por quienes se hacía atender con sumo servilismo; solicitando manjares en abundancia, bellas mujeres con las cuales satisfacer sus ímpetus venéreos, masajes revitalizadores, y perdido ya todo gesto de disimulo, todos los diarios y revistas, un televisor con video cable, dvd y home cinema, y --por fin--, el aire acondicionado. Los más creyentes de la secta se empecinaron en ver en la expresión más repetida de su amo la confirmación de su filiación. No cesaba de vociferar: “¡Esto es un infierno, esto es un infierno!”.
El tiempo pasó y las promesas de cataclismos y abismos abiertos sobre la tierra jamás se cumplieron. La prosperidad de la existencia humana en Henderson terminó por hartar a los más ortodoxos de los integrantes. Muchos se fueron, otros se mudaron a diversos pueblos para fundar nuevas sectas, los que se quedaron junto al falso mensajero cayeron en los mismos vicios e iniquidades.
La dilación del Apocalipsis reveló la proximidad de la finalización definitiva del grupo. Uno de los últimos planteos recibidos por el profeta diabólico le reclamaba la manifestación clara y urgente de la irresponsabilidad hija del maligno, de lo banal, del desinterés, de la desidia propia del perverso. La respuesta del libertino fue, tal vez, la más contundente explicación de sus actos: “¿Y qué se creían que iba a hacer yo?, ¿acaso no represento de manera precisa y reconocible todo lo malo del ser?”.
Le dieron la razón y disolvieron la secta.

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