domingo, 12 de abril de 2009

CIENTO CUARENTA Y CINCO

La policía ya se había puesto insidiosa en extremo. Yo creo que esto no tenía tanto que ver con el mero cumplimiento del deber profesional, como con un interés personal de quien dirigía las investigaciones. El nombre nunca lo supe pero el hombre era muy popular en el bar Rucaché, en la calle 54 entre la 8 y la 9. A fuerza de entrar una y otra vez por aquella puerta, para husmear, para interrogar, para tratar de agarrar a las manos en la masa, había implantado la sensación de que llegaría el día en que entraría solo para consumir su lágrima habitual. Y esto ya acabado el caso.
El inspector, supongo yo que ese sería el cargo, siempre lo es en las películas de intrigas policiales, era un hombre mayor. No se imaginen un anciano, sino un tipo de unos cincuenta años. Físicamente bien armado, pelo entre canoso y morocho, de manos grandes y siempre con camisa de mangas cortas, aunque no estuviera tan caluroso el clima. Como todo recio se notaba que el frío no era cosa que hiciera impacto en él.
Cuando entraba al lugar intimidaba a todo el mundo, y en particular a José, el dueño, que atendía la barra mientras controlaba el salón. Arcadio decía que tenía tres ojos: uno para la mesa, otro para el croupier, y otro para el tramposo de las fichas salmón. Arcadio era el de las fichas salmón. Todos sabían que no empezaba a jugar hasta no hacerlo con las salmón, en cualquier casino, en cualquier garito.
Los clientes nuevos del bar siempre preguntaban, en cada charla que se tornaba risueña, desde cuándo era parte de la rutina del mismo que Arcadio llegara todas las mañanas, y la mitad de todas las tardes. José miraba al mozo más antiguo buscando complicidad y contestaba que él había heredado el negocio, y que cuando así fue Arcadio ya venía todos los días. A Salvador, tal el nombre del mozo, le gustaba bromar diciendo que José había adquirido el bar como parte de pago por una deuda, y que como la acreencia era tan grande el deudor le había agregado al pago a Arcadio. Tan del lugar como las sillas y las mesas. En estos casos Arcadio miraba a Salvador y contaba su propia versión de las cosas. “Llevábamos siete horas dando barajas, habíamos pasado del póker al veintiuno, y de ese al punto y banca. Después seguimos por jugar mus, tute, y escoba de quince. Por plata se jugaba a cualquier cosa. Pero lo que me arruinó, esa noche porque después me recuperé, lo que me desbandó fue el truco. Truco sin ley, nada de ganar puntos gratis. El tipo era un mentiroso del carajo, pero qué bien simulaba tener todo, y qué poca cara de no tener nada. Me ganó siete treintas seguidos sin levantarse para ir a mear, demás está decir que dejé toda la guita, además de dos relojes de oro y una cartilla de los sueños de la quiniela. ¡El hijo de puta me aceptó jugar por la cartilla de los sueños! Se sabía ganador y te jugaba por lo que tuvieras encima, si te quedaba la mierda que ibas a cagar antes de acostarte, te apostaba la mierda, aunque más no fuera que para regalársela por abono a un vivero de la zona.
“Esa noche yo estaba sentado donde está usted ahora y él donde estoy yo. Pero no se preocupe amigo que yo no soy tan hábil como aquel buscavidas del juego, y además usted lleva poco para apostar. La cuestión, mi amigo, es que este bar era mío hasta que aquel fulano entró por esa puerta. Me lo ganó al rabón sin ley. Esa fue la segunda firma que más me dolió, la primera la puse obligado por otra clase de embuste.
“Después no sé si me interesa cómo llegó a manos del gallego que usted reconoce como el dueño.”
Era inevitable que todos estallaran en carcajadas. Sin embargo José se quedaba sonriendo, mirando al perdedor, él sabía que ciertos aspectos de aquel hombre podían hacer creíble la historia. José sabía que no era cierta pero jamás la iba a desmentir, era como que no era verídica solo porque no había pasado, no porque no pudiera haber sucedido. Que el viejo de ropa elegante y negocios turbios pudiera haber perdido de aquella forma era algo que encajaba perfectamente con sus manías y sus posturas, con su porte de tahúr.
A José lo ponía muy incómodo que el inspector visitara el lugar diariamente, y a decir verdad por razones muy atendibles. Desde que Arcadio le había pedido que guardara en el mostrador una pequeña suma de dinero, las cosas habían ido evolucionando para el lado de lo extraño, de la duda, de la incertidumbre.
Si un cliente de un bar tan habitué como lo era Arcadio pide dejar algo en la barra, no es para asombrar a nadie, pero con el tiempo, lo que eran algunos billetes menores se habían convertido en una gran cantidad de dinero en efectivo. Y esto lleva indefectiblemente a toda clase de sospechas. Nadie deja grandes sumas en lugares que no tengan ciertas condiciones de seguridad, digamos en bancos e instituciones con prestaciones similares. Mucho menos si el colchón no es el propio.
José era gallego de Orense y como tal hombre de palabra, de confianza extrema. Antes de tocar una moneda que no fuera suya ponía las manos en la freidora. Arcadio sabía esto desde siempre, todos conocían a José desde siempre. Su honestidad era cosa juzgada. Por esto mucho no sorprendió que las sumas dejadas por el viejo en el negocio aumentaran día a día, al punto de significar casi la misma colocación que un depósito en cualquier casa bancaria. Todo se traducía en un favor que un hombre de fiar, José, le hacía a otro hombre de fiar, Arcadio. Nadie que dejara plata a montones a un simple conocido, sin ningún papel ni seguro alguno, podía no ser confiable.
Así era que Arcadio consumía y pagaba sin sacar del bolsillo; invitaba y ordenaba a José sacarlo de sus “ahorros”. Y jugaba, siempre jugaba. A la quiniela, al Prode, pequeñas y rápidas partidas de dominó por plata. Quien entraba al bar con ganas de jugar por algo, solo tenía que retar al viejo e ir juntando las mesas y pidiendo los vermús. Obsesionado como pocos adeptos al azar Arcadio, en ocasiones, daba muestras de una verdadera unión entre providencia y metafísica. Como ese martes que entró a paso veloz hacia la barra y le pidió a José que le diera cien de lo de él. Para jugarle al 18 en todas las del día. Mateo que hojeaba el diario escuchó la intención del viejo y se sumó al pálpito y a las ganas de ponerle a la sangre en las que hubiera. Arcadio estalló: “¡No me lo quemes Mateo! ¡Te lo pido por Dios! ¿Cuánto le vas a poner? Yo te pago lo que vayas a sacar si acertás, pero no me lo quemes que yo le voy a meter con tutti”.
Era hombre de confiar el viejo, por eso Mateo acató riendo a boca abierta. Al otro día cuando leyó el diario dijo a los presentes que Arcadio le había hecho perder quinientos pesos, pero al rato entró el viejo y le puso sobre la mesa billete por billete la ganancia, como si Mateo hubiera hecho la apuesta efectivamente. Arcadio tenía esas actitudes, que al principio habían descolocado a todos, pero después ya eran cosas de Arcadio, como el nombre, el reloj de oro, o la bata azul con la que venía al bar, recién se levantara o no.
Se puede decir que la tozudez del inspector finalmente tuvo su premio. Atrapó a su sospechoso y llevó ante los encargados de darle castigo. Quién diría que con sus visitas sistemáticas y pacientes podía llegar a desenmascarar la trama de aquel jugador carismático y extrovertido. Ya no tiene mucho interés, nunca fue mi intención en realidad, ocultar que hablamos de Arcadio cuando nombramos al malhechor descubierto.
Lo que más sorprendió a todos fueron los asuntos que pusieron al viejo tras las rejas. Cualquiera de nosotros hubiese encontrado normal, y hasta lógico, que fuera cosa de apuestas, de trampas, de estafadores y estafados. Arcadio respondía bien a un buen identikit de timador de bancos y señoras adineradas, de falsificador de firmas. Tenía la palabra adiestrada para ello, sabía de las pasiones y arrebatos que el juego teje sobre sus adeptos. Bien podía ser el as de una red de embaucadores de aficionados del paño verde: ruleta, cartas, dados…
Nada de eso. Fue cuestión de estupefacientes, sí, de drogas. El viejo era el número uno, pero no de las artimañas del escolazo sino de la distribución de cocaína en todo el cono sur del Gran Buenos Aires.
Como siempre era su costumbre, aquel domingo se levantó de la siesta y sin cambiarse ni mirarse en el espejo bajó de su departamento al bar. En su ropa de noche entró saludando a todos y se sentó en la barra mientras miraba la televisión prendida y agarraba el diario. No pasaron ni cinco minutos cuando explotó en un grito: “¡Este es un ganador carajo!”. Golpeaba la página del periódico y nos miraba gritando “¡Este gana te digo. Por el caballo, por el stud, y por el jockey!” Siguió. “Mirá. Lo pusieron en la última para que haga resucitar a los muertos”. Preguntó la hora y dijo que no le quedaba otra que ir a la Capital, se convenció de que era plata segura, un trámite. Se paró cerrándose la bata y le pidió al gallego mil de los grandes. Salió.
El turco que había salido tras él a prender un faso, entró y dijo riendo a boca de jarro “¡Se fue a Palermo el colifa! Paró un taxi y se fue a Palermo. ¡Como estaba se fue el pirado, en bata!”.
Lo detuvieron en el hipódromo de Palermo a las veintiuna horas, durante la última carrera de la jornada. Llevaba su bata azul, pantuflas y fumaba un puro que acompañaba con un fernet. No quiso que contaran nada a sus conocidos del bar platense, nos enteramos días después cuando la justicia nos llamó a todos a comparecer.
No sé si se puede decir que es un tipo de querer alguien que trafica con la salud del prójimo, pero para nosotros, Arcadio, fue un tipo querido. Por sus cosas. Así lo recuerdan todos en el bar, incluso el inspector, que sigue entrando cada día para tomar su lágrima de costumbre.

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