miércoles, 9 de noviembre de 2011

TRESCIENTOS TREINTA

La mirada dijo algo de cansancio y mucho de resignación, de saberse ocupando un lugar de rechazo, de intromisión, casi de delincuencia.
La mirada dijo más que las pocas palabras que él pudo decir, que ni fueron para mí, como tampoco esos ojos derrotados con párpados cansados del día largo. Yo la vi igual, porque me quería enterar cómo trataban en este bar a esa parte de la socie ...dad que no es sociedad, sino una especie de extranjería nacida en suelo propio. Pero que al ratito ya se les exige reverencia y certificados invisibles de posesión, y claro, de pertenencia.
No tuve ni tiempo de empezar una defensa, caí derrotado en silencio, quedé dolido entre todo el barullo de este lugar exclusivo para muchos, ajeno para una gran mayoría. El mozo ejecutó sus órdenes con una impiedad que abruma cualquier sensibilidad, por más chiquita que fuera; con un automatismo casi rayano el servilismo feudal de otras eras: las de ayer o anteayer, según qué lugar de este mundo miremos. No le dio ni la chance de declararse trabajador, miniatura de trabajador, tristeza de trabajador. Pero laburante aún desde lo purrete. Lo ubicó con un ademán, le reprochó su falta de comprensión de la realidad, de su realidad, grabándole una culpa en la conciencia temprana, que quedará fijada en la memoria, y, muy probablemente, en su destino.
La pequeña lámpara que vino a ofrecer este niño, en esta tarde de lunes sin primavera, no tiene un genio que cumplimente deseos. Es vano frotar su plástico tibio solo de estar apretado en su mano, frío testigo de la indiferencia diaria y maquinal.
La realidad es peor que cualquier ficción, que cualquier engaño. Esta paliza física y moral de pobres contra pobres; humillación de oprimidos sobre oprimidos. Esta obediencia debida social, ciega, sorda, y cobarde, es mucho peor que cualquier horror inventado por un macabro narrador.
En una mesa distante, unos vasos se jactan de un brindis que celebra migajas, algo que los que imponen nuestro lugar en este mundo consienten en dejar caer de sus alforjas repletas de posibilidades.

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