martes, 21 de diciembre de 2010

TRESCIENTOS SEIS

Un café en un bar del puerto en la tarde del domingo, y un manojo de esperanzas en una tierra a la deriva. La distancia es mucha entre las dos vidas, entre los dos momentos; unos tienen todo resuelto, otros apenas saben qué pasará hoy.
El entorno mira sin entender mucho cómo es ser el otro. Solo sabe de decir lo que años de existencia así le dictan, y juran que es natural creer en la desigualdad entre los seres humanos.
Yo pienso que todo aquel que pisa este mundo debiera ser dueño de una porción de tierra, por derecho de existir, por el hecho de existir. Y decir esto es decir que el mundo no tiene dueño, porque es nuestro sin otra justificación.
Lo otro, lo de las naciones y sus Estados es mentira, es un engaño que se fue haciendo en cada rincón, en cada escuela, en cada mente. Pero tiene conciencia de sí mismo, y vida, y con ello todo arrasa en nombre de la historia que pocos quieren revisar.
El café se termina en el mismo domingo que también pasa. Las esperanzas que se arropan con poca cosa son más importantes, y por eso algunos somos así. No hace falta decir cómo.

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