domingo, 26 de diciembre de 2010

TRESCIENTOS OCHO

Es un premio infame. Casi una afrenta, una burla de quien comete atropellos que están lejos de poder ser redimidos con unos dineros repartidos arbitrariamente.
Se hace un silencio en el salón risueño, se pide callar las voces y los gritos, las risas y carcajadas. Todo se va poniendo manso, como a él le gusta. Casi, pareciera, que hasta el personal del bar entiende que no puede interrumpir al orador que surge; los lavacopas silencian sus pocillos en choque, la caja se calla sin abrirse, los mozos no toman pedidos.
Habla el Señor E.
A las cinco de la tarde de cualquiera de estos días que nos arrasan el cansancio abruma en alguno de los tres pisos del depósito. Las manos grises van queriendo dejar de cargar bultos pesados, las piernas duelen en cada escalón, de ida y de vuelta, el calor se multiplica de nivel en nivel, sin ninguna resistencia hace brotar el sudor en los rostros y las espaldas de todos los empleados del sector más vil de la empresa. En otros lados el aire acondicionado es un beneficio que demarca las desigualdades invisibles.
"Este ha sido un año muy fructífero para la compañía. Y queríamos agradecerles a todos el esfuerzo y la dedicación.".
Es difícil separar la vida del trabajo de la vida propia. Los músculos que son exprimidos en nombre de la obligación social no dejan de recordarnos su pesar en ningún momento. Se trabaja todo el tiempo a toda hora, porque el descanso es el trabajo del cuerpo preparándose para recibir más flagelo.
No se puede parar más de cinco minutos sin que una cámara le indique al Capital nuestra holgazanería, y nos condene a una reprimenda terrible; no se puede hablar con un compañero más de cinco minutos entre las 8 y las 18, sin que una cámara nos venda ante el Capital, y nos vuelvan a reprender.
"Nosotros queremos premiar a algunos empleados en los cuales vimos un empeño mayor hace un tiempo. Es una forma de retribuir el esfuerzo.".
Mi compañero "A" va y viene todo el día entre los pisos ardientes y cargados de cajas, de esfuerzo, y de cansancio. Casi nunca falta. Pero una vez, un día, estuvo quince minutos sin trabajar, lo vio el ojo que graba ubicado en el tercer círculo, y se lo mostró al orador que dice que va a retribuir. Fue un cuarto de hora de las diez horas de cada día, y es mucho tiempo sin justificar el salario.
Demasiada inacción para una empresa que está vendiendo tres veces más que el mismo mes del año anterior, con los mismos trabajadores, sin ningún aumento de sueldo para nadie.
"Gabriel. Gracias por tu esfuerzo y empeño(...) Los demás sigan participando.".
El sobre con mi nombre no tenía una nota de gratitud, ni una tarjeta, ni una estela breve que dijera algo. Tenía dinero. Solo dinero. Lo único que saben entender, lo único que le saca gestos amables al Señor E. La única explicación de todo el caudal de violencia física y verbal que vive entre los muros de su compañía.
El lunes bien temprano el dinero fue a las manos de los que no recibieron nada. Porque hicieron todo menos quince minutos.
El Señor E no lo sabe, pero retribuyó a todos y cada uno de sus obreros esforzados y ninguneados.

No hay comentarios: