jueves, 3 de septiembre de 2009

CIENTO SESENTA Y SEIS


Un millón de seres pasan por aquí,
día tras día,
como una avalancha de tristeza que nada puede detener.
En las mañanas, allá por las seis, el silencio es cómplice
de la ruina del deseo de cada quien.
Unos motores acallan cualquier intento de queja,
de recapacitación;
una factura caliente acompaña un café amargo
y no deja hablar al que lo traga por rutina.
Solo ven la nuca del que espera delante,
no escuchan a su alma que les grita un insulto,
como un despertador;
sacan su boleto diario y la corren de un empujón hacia el fondo.
Donde la realidad les dijo que había lugar,
el único para ellos y sus miserias.

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