domingo, 15 de marzo de 2009

CIENTO CUARENTA Y DOS

Se llama Gabriel Rodriguez y solo quiere morir.
Primero murieron sus padres. Esto fue cuando él tenía 40 y 42 años. Lógico, ley de vida.
Después se fueron sus hermanas; Sandra a los 75 y Karina a los 79. El tenía 63 y luego 73. Ya se habían muerto sus dos cuñados hacía un tiempo atrás.
Cuando pisaba los 80 se fueron yendo todos sus amigos: Cristian el primero, Adrián y Sergio después. Les siguieron Eugenio y Gustavo. Y el último Fernando. Obvio que nadie quedaba de los mayores de ellos; ni padres, ni hermanos, ni tíos, ni primos. Toda esa gente que él conociera de toda una vida.
Cuando cumplió los 95 solo compartía sus días con los hijos de sus amigos y familiares, y con los hijos de esos hijos. Solía ir a sentarse a las plazas en las tardes de invierno, abrigado, rodeado de adultos con sus caras de niños de otra época. Los niños de cuando él era simplemente joven. Y así ver pasar el tiempo en todos ellos, hablando de fútbol con Lucas y Juan Cruz, de recuerdos gratos con Tahiel y su hermana Aylen, madre de dos hijos. Cualquier cosa era motivo para reirse con Rocio y su esposo, cuando ellos lo visitaban uno que otro sábado. Sentar en sus rodillas al hijo menor de Lucas López.
Estando en su casa un verano, viendo pasar las horas, se enteró del agravamiento de la enfermedad de su sobrina Melina. Ella murió un año después, tres antes que un ataque cerebral se llevara a Alejandro. Ambos ya mayores.
Las noticias hablaban de él. De su presencia imperecedera, de sus siglos de vida. El mundo le guardaba aplausos y elogios, nadie se compadecía sin embargo. Solo la lluvia eran las lágrimas que la existencia tenía para él. Quizá solo la naturaleza fuera quien comprendía su tragedia.
Un otoño de ya no sé qué año, se vio rodeado de gente extraña, en un funeral sin tanto dolor como él llevaba consigo. En un cementerio del norte de la ciudad bajaban al descanso a una anciana de apellido Curti. De regreso a su casa entendió por fin que ya no había Bermúdez, ni Benitez, ni Vazquez, ni López, ni ningún apellido que en verdad le perteneciera. Amarante y Pérez ya eran palabras vacías de contenido y significación; incluso Rodriguez dejó de movilizar algo en su interior. Escuchó nombrar, en la cola de un banco, el llamado de un tal Ernesto Gastrel. Entrecerró los ojos y recordó que alguna vez le importó ese apellido. Ya no sabía qué era.
Se olvidó la fecha de su nacimiento.
El día oscurece. La tarde trae frío y llovizna, y el parque se cubre de agua helada y un viento más gélido aún. Todos corren a guarecerse; hombres, mujeres, niños, también abuelos deseosos de prolongar su tiempo. Él se queda sentado, sin moverse siquiera, sin mostrar ni el más imperceptible interés en lo que ocurre con el aguacero y el frío y el viento, y nada de nada. Solo espera un rayo fulminante, un golpe de la naturaleza, una redención por ese mal qua haya hecho alguna vez, y que lo condenó a vivir sin final. Solo él.
Se va la tarde. Llega la noche. Amanece en el banco verde y sucio. Todo sigue igual para él, salvo que todo el resto está más cerca de esa muerte que él tiene prohibida.
Vuelve a su habitación y se encierra con llave. No quiere salir nunca más, no quiere conocer a nadie nunca más, no quiere ver un reloj nunca más.
Se queda solo, esperando la muerte. Deseándola. Como el más preciado de los tesoros.

1 comentario:

Unknown dijo...

Muy feo eso de que soy el primero en morir; de todas formas, me pondré en cabulero y supondré que así seré el ultimo en dejar este mundo.