La sangre es mala. Va y viene, inquieta, ponzoñosa, por las venas sumisas, frágiles de tan invadidas por torrentes de agitación. Desborda y arma revuelo piel adentro. Hasta que al final el cuerpo cae al suelo rendido por tanta maldad.
Un ángel vestido de bata celeste le dijo al Señor E que demasiada preocupación colmó la paciencia de su corazón. Pero que fue solo un aviso.
El hombre que explota, que quiebra la propia ley que lo apaña, que menosprecia a todos los que le hacen ganar dinero, ee sujeto vil está preocupado. Ha de ser por las indecorosas intenciones de sus empleados de exigir mejor paga; ha de ser por una mota de polvo descubierta sobre su escritorio impoluto; ha de ser por el desagradecimiento que tiene que soportar a diario por sus obreros, que le deben la gratitud eterna por el trabajo, piensa él (y todos los de su clase).
El Señor E estuvo conversando con la muerte. Y yo espero que no haya podido convencerla de nada.
El Señor E estuvo internado, y ahora está en su Palacio San José, mirando sus posesiones lujosas, sus sentidos de vida dentro de números de cuentas bancarias; aún sigue preocupado por todo lo que podría no tener si no es tan recio e insensible, tan soberbio y arrogante.
La muerte, que tal vez tampoco lo quería, lo observa y menea la cabeza, sin entender la necedad de algunos hombres.
viernes, 12 de agosto de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario